François Mitterrand, "la Esfinge" Recordatorio de otro hombre muerto
(Ángel Aznarez, notario).- "La política ni es lógica ni moral, sino una dinámica, generalmente irracional". (Edouard Daladier). Este mes de mayo, florido y espinoso, recuerda a un otoñal noviembre, de Difuntos o de Todos los Santos. Se celebra que un muerto, Juan Pablo II, siga en su pedaleo ascendente y empujado, como con prisa, hacia la santidad, de necesidad para la Iglesia Católica. Se celebrará también que otro muerto, François Mitterrand, hace treinta años, llegase a la Presidencia de la República francesa, aunque éste con artes y maneras de demonio; acaso por eso apodado "Dios" o "La Esfinge".
Pudiera ser que, como siempre ocurre en el humano modo, la verdad de ambos, sin mitos o fantasías de fieles, no esté en los extremos, tan santo el uno y tan maligno el otro. Además, los dos fueron monstruos, de lo sagrado y de lo político; lo cual, la monstruosidad, junto a la inevitable Razón de Estado, del Vaticano y de Francia (que incluye lo económico), no es posible sin pactos continuos con el Mal y con el Bien.
Mitterrand fue elegido presidente de la República el 10 de mayo de 1981 y fue el primer presidente socialista, al menos en la teoría y en la propaganda, de la Vª República, instaurada por de Gaulle, el de la imaginaria "Grandeur". Ese aniversario coincidirá con el éxito de la película "La muerte de un presidente", que cuenta los últimos días de otro presidente de esa misma República: Georges Pompidou. Éste último fue más coherente, pues en la teoría y en la práctica fue conservador (dado el gustazo de todos, sin excepción, por los dineros y los oros, los de la Derecha gobernando siempre son más coherentes que los de la Izquierda, cuyos dirigentes nada más que pueden, se lanzan al manjar y al caviar, por eso llamados "los de la Izquierda caviar").
Muchas diferencias han existido entre Pompidou y Mitterrand, aunque los parecidos abundan. Ambos fueron políticos natos, luego narcisos, ególatras y neuróticos, que, cuando llegaron a la más alta Magistratura, lo hicieron desde la mucha experiencia y de una cultura enciclopédica, con reconocidas habilidades literarias y de oratoria (en otras latitudes lo enciclopédico es la ignorancia). Ambos fueron educados y formados en ambientes conservadores de una burguesía de la Francia profunda, reuniéndose la familia a rezar al anochecer alrededor de una chimenea, y en la que, con ocasión de velatorios a difuntos, se tapaban los espejos y cuadros de las casas con sedas negras (el nacional-catolicismo español tuvo mucho de superficialidad, milagrería, bulla y procesión).
Y ambos presidentes tuvieron grandes dotes para seducir, de seducere o atraer hacia sí, tanto en lo personal como en lo político, con mucha técnica para fascinar, lo cual es común en personalidades con dosis de maldad satánica (seducción que no es incompatible con una cierta timidez, la cual sólo es negativa en un político si degenera en resentimiento, ya que siempre un resentido es un avinagrado que repele).
Dejemos a Pompidou en su infinita tranquilidad, y quedémonos con Mitterrand, acaso infinitamente aburrido y en bostezo continuo, pues desde su muerte, el 8 enero de 1996, ya sabe lo que tanto le inquietaba: que Dios existe, o que Dios es una humana fantasía, la más humana de todas las fantasías. En un artículo publicado en La Nueva España el 15 de mayo de 1995, titulado El adiós de Mitterrand, contamos la última pregunta que le hizo Bernard Pivot y la última respuesta de Mitterrand, en una entrevista televisada el 14 de abril de 1995, a punto de dejar la Presidencia y ya muy enfermo. La pregunta fue: "¿Qué le gustaría, si Dios existe, que os dijera al acogeros a su presencia?" y la respuesta fue:"Por fin, ya sabes que existo, seas bienvenido".
En el libro Memoria a dos voces (1995) de Elie Wiesel lo dejó muy claro: "Soy agnóstico. No se si sé, ignoro si sé; eso no se puede llamar fe (pág. 52), lo cual es compatible con funerales religiosos de Estado o de pueblo. Y en referencia a la Iglesia-institución se expresó sin dudas: "La manera más segura, para una Iglesia, de asegurar la perennidad de su propia enseñanza, de su propia fe, es de disponer de poder (pág. 64).
No nos interesan ahora sus éxitos políticos; tampoco sus fracasos, entre los que se incluirá la nefasta gestión económica por aplicación en los primeros años (1981-1985) del programa de economía socialista (¡Cómo no, cómo no! se exclamará desde la situación de la economía española hoy). Sí, por el contrario, nos interesa el personaje, de un "yo" grandioso, obsesionado por el poder y que protagonizó una tragedia: mostrar a vista de todos, sobrecogidos, cómo su enfermedad funesta y los tratamientos radioactivos le iba consumiendo poco a poco, conduciéndole fatalmente al final, al gran paredón sin escapatoria.
Su lucha contra la muerte, conservando hasta los últimos momentos intacto el afán por vivir, fue también épica: una gesta heroica el combate entre aquel "yo" y un mal, que, al igual que le iba quitando las carnes y le causaba muchos dolores, le iba arrancando las facultades o potencias, haciéndole transitar de las glorias del Poder a la miseria de la impotencia. Tuvo aquel afán de vivir un premio o victoria última: que su total derrota se produjera una vez concluido el mandato presidencial.
A raíz de su muerte, se dijeron y escribieron verdades y exageraciones (lo cual es muy normal en el género necrológico, de aquí y de allí). Se le calificó de "demiurgo maquiavélico, siendo el último en hacer de la política un arte y un oficio". Se le consideró "Príncipe de la ambigüedad, la contradicción y el tactismo"; hasta Francisco Umbral se apuntó, y en su crónica Los placeres y los días del 10 de enero de 1996 escribió: "el social Mitterrand también tenía algo de hombre de cabaret". Aquel "yo" inmenso hizo una personalidad muy compleja.
Un colaborador suyo, Laurent Fabius (tal como se indica en la página 196 del libro de Christophe Barbier Los últimos días de F. Mitterrand, Grasset 2011), calificó esa personalidad de "ambivalente"; nada que ver con una duplicidad mediocre o con el oportunismo vulgar tan frecuentes en política. Ambivalencia o "doble valor" en todo y hasta en las personas, siempre con varias caras como juego de espejos o imagines de calidoscopio girando. Afirmó el gusto por la vida, como los griegos antiguos, y era de un pesimismo radical; supo estar presente y visible, y también distante e invisible; era confiado (fide) y desconfiado (diffide).
Esa ambivalencia, que fue evidente en la vida pública, también lo fue en la privada. Tuvo una familia legal que protegió, pero la simultaneó con la otra (llamada familia adulterina), que la protegió más aún, pues, para su ocultación, hasta creó en Palacio todo un servicio de espionaje, vigilancia y chantajes. Se puso medallas de la Resistencia contra la ocupación nazi y resulta que aparece el 15 de octubre de 1942 en fotografía estrechando la mano del Mariscal Petain, héroe de Verdún y villano del Vichy colaboracionista y de las leyes nazis y antijudías, y tuvo amigos íntimos como René Bousquet, que fue Secretario general de la policía del Gobierno de Vichy e interlocutor privilegiado de los responsables de la policía alemana en Francia bajo la ocupación.
Mitterrand presumía de severidad y resignación estoica, siendo en realidad un "bon vivant", disfrutando placeres como la comida a base de ostras y huevos con crema de verduras; placeres como la conversación entre amigos, algunos de los cuales pasaron de la gracia a la desgracia presidencial suicidándose (Beregovoy, Grossouvre); placeres como la contemplación de las esbeltas piernas de una dama, que eran según dijo "el ángulo y los compases que miden el mundo". Manifestaba ternura con los patitos multicolores que nadaban en los estanques del Palacio del Eliseo o ante el vuelo de las ocas salvajes por los cielos de Las Landas y manifestaba apetito en la mesa a base de "ortolans" y de "foie-gras"(esa es la especialidad culinaria del Cardenal Protodiácono de la Curia, que es de allí).
Y Mitterrand, por transparencia, se comprometió desde mayo de 1981 a publicar un boletín sobre su salud cada seis meses, resultando todos falsos hasta la primera intervención quirúrgica en 1992. El médico personal Claude Gubler lo cuenta en su libro El gran secreto (Plon,1996 y Rocher 2005): el 13 de noviembre de 1981, por un dolor en una pierna, se le detectó una metástasis ósea de origen prostático, instaurándose lo que el médico llama "el reino de la mentira generalizada"(pág. 35). Todo se ocultó, con especial cuidado en los viajes diplomáticos para que los servicios de espionaje extranjeros no descubrieran, en lavabos y retretes, la enfermedad del Presidente, analizando pelos (eso pasó con el soviético Brezhnev) o la orina (eso pasó con Pompidou).
Por el tratamiento y la naturaleza del enfermo, la enfermedad se "durmió", calificándose de prodigiosa la sobrevivencia, hasta la "explosión" en 1992, siendo atendido hasta su muerte en enero de 1996 por un médico especialista en tratamientos del dolor (Tarot) y por una psicóloga experta en cuidados paliativos (Marie Hennezel), despidiéndose de los que amó y de lo que amó, sostenido como en parihuela en su adiós a Venecia, a la Brasserie Lipp y al inmortal Assuan del Nilo y de los faraones como él, casi horas antes de morir.
Precisamente, porque la Política no es lógica, no es moral y es irracional, como escribiera Daladier, que fue Presidente del Consejo de Ministros en la III República (mucho se podría discutir sobre esto), ahora se siente en Europa nostalgia de grandes políticos que fueron, Mitterrand entre ellos, y se sienten escalofríos ante el ascenso político de zascandiles y tarambanas.