(J. C. Rodríguez, En Clave de África).-Desde que empezamos este blog hace cuatro año y medio mi compañero, una de las cosas que siempre hemos intentado destacar es lo que creemos que se puede llamar el buen hacer de la Iglesia africana. Entre otras cosas, porque ambos trabajamos desde hace mucho tiempo en el seno de instituciones de Iglesia, y conocemos desde dentro la labor que ésta realiza a favor de un continente al que muchos explotan y maltratan o del que pasan olímpicamente.
Siempre he tenido la impresión de que la Iglesia africana es más de hacer cosas en el terreno que de escribir documentos, aunque éstos no falten. Desde estas páginas nos hemos hecho eco de cartas pastorales y de documentos de alto calibre como el mensaje final del Sínodo Africano de 2009. No faltan las valerosas declaraciones contra la corrupción, a favor de los derechos humanos y en defensa de los más débiles. Nada que objetar sobre este aspecto.
Lo que ocurre es que, en la Iglesia como en la mayor parte de las instituciones, al final las palabras se las lleva el viento y lo que permanece y entra los por ojos son los hechos y los signos. Y hace pocos días me dolió ver la foto que pueden ustedes contemplar aquí, en la que aparece Robert Mugabe, decano de los déspotas africanos, en actitud devota recibiendo la comunión en la Plaza de San Pedro de Roma, durante la reciente beatificación de Juan Pablo II.
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