(Giovanni Maria Vian, director de L'Osservatore romano).- El aplauso continuo e interminable que en la catedral de Zagreb se elevó al concluir la homilía de Benedicto XVI ante la tumba del beato Stepinac resume bien el sentido de la visita papal a Croacia. Aquí el presidente Josipović - que, aun declarándose no creyente, quiso estar presente en todos los actos de la visita- y centenares de miles de personas acogieron al Papa con afecto y entusiasmo. En un viaje que, después de los realizados por Juan Pablo II al país (tres en menos de diez años), se reveló importante no sólo para esta pequeña y sanamente orgullosa nación, que se siente ante todo centroeuropea, sino para todo el continente.
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