(Carmen Bellver).- Al celebrar la Epifanía sobreviene la imagen de la larga cabalgata de Reyes y la pasión desenfrenada por el consumismo que convierte las calles en masas multitudinarias que se agitan de tienda en tienda.
Se hace necesario regalar, dar, pero no exclusivamente cosas materiales. Porque la Epifanía es la manifestación de Dios entre los hombres y en ella brilla la luz que alumbra todas las naciones. Los Reyes le adoraron y le obsequiaron presentes de profunda carga simbólica.
¿Conocen eso nuestros niños?. ¿Saben del inmenso sentido de la adoración de los magos a Jesús?. Más bien parece que les enseñamos a adorar una fecha que les va a proporcionar una compensación envuelta en papel de regalo. No es que desee ser agorera, ni mucho menos cargarme una simbología tan maravillosa. Todos hemos sido niños y la ilusión de aquellas noches de Reyes que acompañaron nuestra infancia, debe permanecer presente también en este siglo XXI.
Pero en fechas que nos están cayendo recortes y ajustes presupuestarios, parece que Jesús se encuentra más desvalido que nunca. Es el Jesús que se esconde en los ojos alterados de niños en países de conflictos bélicos. Es el Jesús que se trasfigura en el rostro del parado al que van a subastar su vivienda porque no puede pagar la hipoteca. Ese Jesús que es el rostro divino en la humanidad sigue convocando a su mesa a todos los hombres de buena voluntad. Y lo hace para mostrarles el camino de la fraternidad humana.
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