(Josemari Lorenzo).- Salí de la clerecía hace muchos años. Soy ya viejo. No sé si se habrá superado del todo aquella fiebre de la década de los setenta con sarpullido de reuniones. Parecía ser el trabajo principal de los sacerdotes de aquel entonces: reunirse para... ¡volver a reunirse! Y todo quedaba en agua de borrajas, salvo algunos pequeños planes de pastoral conjunta.
En las anteriores décadas todavía era menor el trabajo de los curas, porque su número aún era mayor y cada pueblo tenía su párroco: decía la Misa, rezaba el Rosario, preparaba la homilía del domingo, daba media hora de catecismo, visitaba a uno o dos enfermos, confesaba a cuatro viejas y a los niños... y se acabó el trabajo de la semana.
Lo demás, tiempo libre: leer, rezar el breviario, pasear, echar la partida... y cuando el cura era muy santo, dedicar varias horas a la oración. Pero no eran muchos los grandes orantes.
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