Evangelizar no es colonizar Los crucificados de los descubrimientos y colonizaciones

Los crucificados de los descubrimientos y colonizaciones
Los crucificados de los descubrimientos y colonizaciones

Eso de decir que “no podemos juzgar la historia con los mismos criterios morales que ahora para no caer en anacronismos”, es una excusa infantil. En el siglo XVI se sabía muy bien lo que significaba robar, torturar, asesinar, imponer una religión por la violencia, esclavizar, etc.  ¡1.600 años de vida y teología cristiana lo habían aclarado hasta el cansancio!

La Iglesia tiene siempre la peligrosa tendencia a preocuparse más de sus intereses eclesiásticos que del bien de la sociedad. Este eclesiocentrismo hace que esté más preocupada por sí que por el pueblo real y sufriente. Afortunadamente siempre ha habido aún en el esquema de cristiandad, sectores sensibles a los pobres… (V. Codina)

La religiosidad popular que perdura como única síntesis válida de la esperanza de los pueblos a pesar de haber sido -hasta el momento- insuficiente para la lucha contra la injusticia social (documento episcopal latinoamericano de Puebla)

No hay posibilidad de definición identitaria para Europa sin asumir ese pecado estructural histórico. Siempre seremos lo que hicimos en América y los demás continentes. Decidamos lo que decidamos, nunca habrá nada que no parta de aquello o que no lo tenga en cuenta, porque es indisociable de nuestra identidad  “cristiana” llamada al perdón, la misericordia y la reparación histórica

La legitimación de las colonizaciones

La doctrina del descubrimiento es el intento de legitimar uno de los expolios estructurales más grandes de la historia. Todas las grandes conquistas siempre han apelado a una legitimación moral o religiosa para justificar su robo y asesinato organizado estructuralmente. Si es que llegan a admitir algún daño, siempre es considerado como un “mal menor”, una “colateralidad” que no hace mella al plan en su conjunto. Como si el fin, que de por sí es injusto, justificara los medios que lo son más aún.

No hay nación que se lleve todas las medallas de la explotación y avasallamiento de la dignidad de otros seres humanos. Es como creer que algunos tienen el pecado original y otros ya lo han superado totalmente por el solo hecho de autodesignarse “católicos”. “No todo el que me diga: “Señor, Señor” entrará en el Reino de los Cielos” (Mt 7,21).

También Inglaterra conquistó y despojó gran parte del planeta en nombre de la “civilización” y así lo sigue creyendo gran parte de su población, que no quiere contaminarse con la chusma de Europa al votar el Brexit. Rudyard Kipling, el poeta del imperio británico lo ilustra acabadamente con su poema “La carga del hombre blanco”. Sus versos indican el mandato moral o carga que el hombre blanco estaría obligado a cumplir, civilizando y colonizando a las demás razas “en beneficio de estas mismas”. Basta leer a Ghandi, quien con medios pacíficos logró la independencia de su inmenso país, para deshacer esa mentira colosal.

En el s XIX y para proveer de materias primas a la revolución industrial, casi no hubo nación europea que no se lanzase sin reparos a una colonización furiosa del planeta. Los posteriores movimientos liberadores de la década de 1960 aún no han logrado revertir el daño ecológico y social de una explotación que continúa por otros medios comerciales.

Hoy esa justificación del dominio neocolonial ya no son poemas heroicos de un hombre que se hizo riquísimo cantando loas al imperio, sino el atractivo marketing de un progreso que solo llega para pocos y que necesita extraer los recursos materiales y humanos de muchísimos y trasladar a ellos el precio real de una “civilización” tan avanzada. (lo que se conoce en economía como “externalización de costos”).

Evangelizar no es colonizar

Ni siquiera el Imperio Romano, pagano y brutal, destruyó tanto. Los romanos contribuyeron a sentar las bases de la civilización occidental, amplia territorialmente y que abarcaba numerosos pueblos y culturas a las cuales respetaba mucho más en sus filosofías, religiones y costumbres, que nuestros colonizadores… 

Eso de decir que “no podemos juzgar la historia con los mismos criterios morales que ahora para no caer en anacronismos”, es una excusa infantil. En el siglo XVI se sabía muy bien lo que significaba robar, torturar, asesinar, imponer una religión por la violencia, esclavizar, etc.  ¡1.600 años de vida y teología cristiana lo habían aclarado hasta el cansancio!¡16 siglos después que Cristo nos enseñara el “mandamiento nuevo”!

Ya no cuela eso de que “no se daban cuenta” o que los estándares morales de la época no lo contemplaban. Tampoco eso de que “algo bueno quedó”. La realidad es que hacían “la vista gorda” cuando “en tan sólo medio siglo, los españoles llevaron 100 toneladas de oro de América a Europa y se convirtieron en el país más poderoso de Europa”. “Aunque el trabajo religioso fue uno de los pilares de la Conquista en México, la Conquista acabó con millones de nativos en el país... el proceso de conquista mató a tantos indígenas como una epidemia en América”. (A, Fisher, National Geographic, 1 enero, 2023).

Paradógicamente, tantas riquezas extraídas “en nombre de la evangelización”, en vez de invertirse en el bienestar de la población peninsular y su industrialización, se perdió en boatería cortesana y las numerosas guerras perdidas en Europa… algunos lo ven como un castigo divino.

Pero no solo eso, la historia de la negritud en América nos recuerda que hubo más de 11 millones de personas esclavizadas desde África. España llegó a tener una inmensa y lucrativa flota mercante proveedora de esclavos, incluso proveyendo a los “enemigos” ingleses. “Los barcos con licencia oficial de la Corona, partían del complejo andaluz, se dirigían a las costas africanas, cargaban los negros tras realizar los intercambios, y zarpaban con el cargamento hacia las Indias, desde donde, una vez realizadas las ventas, regresaban a España” (L. García Fuentes, El tráfico de negros hacia América).

Muchos pedidos de esclavos eran incluso de las órdenes religiosas que necesitaban mano de obra que trabajara...para tener dinero y tiempo para "evangelizar". Los aborígenes ya habían sido subyugados mediante hipócritas instituciones como la encomienda, la mita y el yanaconazgo, pero eran insuficientes para un negocio tan grande, mas aún cuando fueron diezmados por nuevas enfermedades.

Hay demasiados intereses creados en torno a potenciar una versión determinada de nuestro pasado. La Historia se utiliza como un arma arrojadiza. Es la obsesión del nacionalismo, de cierto clero nacionalcatólico y de la izquierda por reescribir el pasado y manipular el presente a su conveniencia.

Pero por sus frutos los conoceréis dice Jesús en el Evangelio. Hoy, más de quinientos años después de poner el pie en América (y no digamos en áfrica y Asia) nos encontramos con uno de los subcontinentes más pobres y desiguales estructuralmente del planeta como legado de aquella “gesta gloriosa” …a los cuales siguen explotando las corporaciones occidentales, aunque ahora con otra legitimación religiosa.

Es lo que explica Walter Benjamin en su estudio “El capitalismo como religión” donde lo considera un verdadero exigente culto de cruentos sacrificios humanos. Él dice que el cristianismo en la época de la reforma no favoreció la llegada del capitalismo: se transformó en capitalismo. Si a esto sumamos la complicidad de las oligarquías vernáculas, domesticadas por el opresor para continuar su expolio bajo una pátina mentirosa de progreso y civilización occidental, tenemos un combo de difícil solución.

12 oct ilegales

La Misericordia que redime la Historia

Una historia que no se escribe del lado de las víctimas, no es cristiana, ya que Cristo está crucificado allí. El cristianismo es siempre ponerse del lado del pobre y del que sufre, no porque éste sea mejor moralmente, sino porque está herido y es hijo de Dios. Es el punto de partida hasta que Jesús vuelva el día del Juicio. Ni siquiera la institución eclesial fue siempre fiel a este mandato de Cristo: “La Iglesia tiene siempre la peligrosa tendencia a preocuparse más de sus intereses eclesiásticos que del bien de la sociedad. Este eclesiocentrismo hace que esté más preocupada por sí que por el pueblo real y sufriente. Afortunadamente siempre ha habido aún en el esquema de cristiandad, sectores sensibles a los pobres… (V. Codina, Una Iglesia Nazarena, Teología de los insignificantes, Kindle pos.277)

Pero sí ha habido otra historia de los humildes que lavan los pies de sus hermanos: la maravillosa experiencia de evangelización y promoción humana de las misiones franciscanas y las jesuíticas (destruidas por el contubernio papal con las potencias de entonces), san Pedro Claver (abandonado por sus compañeros de orden por cuestionar el sistema), Bartolomé de las casas (un profeta que tarde o temprano será canonizado después de siglos de ser vapuleado por la “historia oficial”), Toribio de Benavente “Motolinía”, Bernardino de Sahagún, la escuela de Salamanca que sentó las bases del actual derecho internacional sobre el respeto a la dignidad de los pueblos derivado del Evangelio y la religiosidad popular que perdura como única síntesis válida de la esperanza de los pueblos a pesar de haber sido -hasta el momento- insuficiente para la lucha contra la injusticia social (documento episcopal latinoamericano de Puebla).

Como decía Hylario de Poitiers respecto al sensus fidei del pueblo: los oídos de los fieles son más santos que los labios de los sacerdotes, éstos interpretan correctamente aun aquellas verdades que no están bien formulada por la boca de sus sacerdotes (I. Ruidor, Iglesia de Dios, Iglesia de los hombres, en Codina, oc.)

La historia comienza a redimirse con esos miles de evangelizadores según el evangelio y no según los“reyes de las naciones que se enseñorean de ellas y son llamados bienhechores” (Lc 22) por más que se pusieran el mote de “católicos” ya que sus razones de estado rara vez coinciden con el Rey de Reyes, crucificado y servidor de los humildes.

Sí, donde abundó el pecado, sobreabundó la Gracia y esas semillas están, algunas dando fruto y otras esperando y esperando. Estamos a tiempo de cambiar la historia con la herramienta más misericordiosa que nos ha dejado el Señor: el perdón y la reparación. El hijo pródigo acaba justificado, su hermano meritocrático, no. ¿Cómo podremos decir “perdona nuestras deudas “espirituales, si siendo unos pocos en el primer mundo, mantenemos a continentes enteros bajo la histórica bota de las deudas económicas mientras acumulamos, sin parar, cifras estratosféricas en paraísos fiscales?

Coincido con A. Merkel que dijo respecto a la catástrofe de la II Guerra: “La identidad nacional alemana no se puede disociar de lo que hicieron. Nosotros siempre seremos lo que hicimos aquí. Siempre seremos lo que hicimos en Auschwitz. No hay posibilidad de definición identitaria para Alemania al margen de esa carga vertida sobre un nosotros que pronuncia en un plural extendido por tiempo y espacio. Alemania podrá ser lo que decida la sociedad alemana, pero nunca nada que no parta de aquello, nada que lo obvie, que lo niegue o que no lo tenga en cuenta". “Indisociable de nuestra identidad nacional”

Parafraseando: no hay posibilidad de definición identitaria para Europa sin asumir ese pecado estructural histórico. Siempre seremos lo que hicimos en América y los demás continentes. Decidamos lo que decidamos, nunca habrá nada que no parta de aquello o que no lo tenga en cuenta, porque es indisociable de nuestra identidad  “cristiana” llamada al perdón, la misericordia y la reparación histórica ya que los pueblos para ser considerados tales han de ser responsables de sus éxitos y fracasos en el tiempo.

Ser héroe es aceptar los errores, pedir perdón y reparar desde el amory la no violencia. Disfrutamos de un bienestar a costa de un pecado de expoliación estructural desde hace varios siglos. Si esto no lo modificamos los cristianos siendo fermentos de una nueva sociedad, menos lo harán aquellos que lucran despiadadamente, alimentan guerras y avasallan con su poder y propaganda.

poliedroyperiferia@gmail.com

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