JUAN ANTONIO MONROY
No hablo aquí de iglesias, porque las iglesias son las personas, no los edificios. Tampoco de templos. Salvo tres o cuatro, ninguno adquiriría tal categoría. Me refiero a simples locales, comprados o alquilados, generalmente ubicados en planta baja de los inmuebles. En estos locales se reunían los creyentes protestantes en días de semana y en domingos para tributar culto a Dios.
La clausura de locales empezó en la zona dominada por Franco y por el nacionalcatolicismo el mismo 18 de julio 1936. Cuando estos dos poderes ganaron la guerra en 1939, la otra guerra contra los locales donde se reunían los protestantes se extendió por toda España: En pueblos, en ciudades, en capitales. La sotana negra que se alzó vencedora no quería foco alguno de herejes, masones, comunistas, gente empeñada en destruir la heroica religión católica, esa “gran fuerza moral que ha formado el alma colectiva de nuestra nación”, según le habían hecho creer a Franco en 1953, después de entregar lo mejor de España al Vaticano por el Concordato de 1953.
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