El reciente secuestro de un avión por parte de un predicador evangélico boliviano, que quería hablar con el presidente de México para comunicarle un mensaje de parte de Dios, ha puesto en evidencia los extremos a los que se puede llegar cuando, en el celo por hacer la voluntad de Dios, se asumen certezas que en realidad surgen del individuo mismo, por más que se esté plenamente convencido que proceden de lo alto.
Por supuesto, el caso le ha venido de perlas a quienes aprovechan escándalos de este tipo para descalificar globalmente a todo un conjunto de personas, que quieren hacer la voluntad de Dios con un celo bien dirigido, tanto en sus fines como en sus medios.
No es el primero ni será el último ejemplo de toda una serie de despropósitos y barbaridades que, en el nombre de Dios, se han hecho y se harán. De hecho, la nuestra es una época dorada en la demostración de tales desatinos, que van desde espectáculos tragicómicos como el de este predicador (trágico, por el daño que se ha hecho al evangelio y cómico, porque hay algo de bufonada en todo el asunto), hasta otros en los que el aspecto trágico y terrorífico es el único componente, al realizarse matanzas indiscriminadas para agradar a Dios.