Ha corrido ampliamente la noticia, dentro y fuera de los círculos religiosos: en la ciudad de Houston, a los 87 años, falleció Marciel Maciel, fundador de la orden de los Legionarios de Cristo. Ante esta muerte, una sensación de enorme ambigüedad (en el mejor de los casos), está queriendo ser acallada desde los ambientes afines a su causa, con la amenaza de que en un tiempo perentorio alcanzará los altares debido a que, como Jesús de Nazaret, ¡fue objeto de incomprensión, calumnias y persecución! De suceder esto, se consumaría uno de los mayores fraudes de la historia reciente del catolicismo, pues no suena justo, ni mucho menos razonable, que alguien relacionado, de manera documentada y fehaciente, con la pederastia infantil y el abuso psicológico, además del autoritarismo y el consumo de drogas, se incorpore al santoral católico.
Y es que, más allá de cualquier simpatía o rechazo del significado de la orden religiosa en cuestión, identificada con el legado cristero que representó Maciel (dada su relación familiar con algunos jerarcas que protagonizaron la guerra que azotó a México en los años 20 del siglo pasado), y que siempre se relacionó con las altas esferas del poder político y económico, queda una sensación de profunda indignación, sobre todo a partir de la forma en que empresarios católicos como Lorenzo Servitje (propietario de la fábrica de pan Bimbo) presionaron al Canal 40 de televisión para impedir que algunas víctimas de pederastia dieran su testimonio sobre lo que habían padecido en las escuelas de la orden religiosa (Véase: Jaime Avilés, “Bimbo en el Vaticano y otras minucias”, en La Jornada, 10 de mayo de 1997).