Traje negro y gafas oscuras: uniforme de rigor en un funeral, una despedida. Un guante blanco con lentejuelas: el recuerdo, el homenaje, la nota diferencial en una celebración, un hasta luego. Así es como iban ataviados los hermanos de Michael Jackson en el acto de despedida al músico fallecido hace unos días.
Jermaine, uno de ellos, cerró el encuentro. O la fiesta. O el espectáculo. O el culto. O todo a la vez. Y lo hizo recordando que “El rey del pop se arrodilla ahora ante el Rey de Reyes”. Lo dijo compungido pero confiado. Triste pero sereno. Sus palabras cerraron una de las grandes manifestaciones televisivas de los últimos años. Se calcula que 2.500 millones de personas en todo el mundo siguieron el 7 de julio un show (incluyan aquí la connotación que quieran a esta palabra) que 17.000 privilegiados pudieron seguir en directo desde el pabellón Staples Center de Los Ángeles, un espacio habituado a disfrutar de las hazañas baloncestistas de los Lakers (recordemos, de pasada, el reciente anillo de Pau Gasol, que le consagra en el Olimpo de la canasta) o de conciertos, digamos, tradicionales.
El siglo XX (y los primeros balbuceos del XXI) cuentan ya con varios acontecimientos seguidos de forma masiva por televisión más allá de los habituales (o sea, acontecimientos deportivos como inauguraciones de Juegos Olímpicos, finales de campeonatos del mundo de fútbol, la Superbowl,…). Es la historia convertida en espectáculo, en una ventana global, escrita desde los distintos enfoques de una cámara y desde el poder del dedo de un regidor: desde los funerales de John Fitzgerald Kennedy, hasta los de Juan Pablo II, pasando por el de Lady Di o, para escabullirnos del tema sepelio, la llegada del hombre a la Luna, la primera Guerra de Irak (la primera en prime time) o los atentados del 11-S, una verdadera obra de artesanía catódica, con toda la angustia, el terror, el suspense y los héroes, pero sin ningún cadáver a la vista.
Varias cadenas de todo el planeta conectaron en directo con el acontecimiento. En España, el seguimiento no dejó de ser curioso.