Cuando parece que ya no queda sitio para más etiquetas en la música, la crítica no deja de inventarse calificativos. Algunos tan curiosos como el que denomina el último disco de Lenny Kravitz, Rock cristiano de autoayuda. Y aunque uno hace ya mucho tiempo que no sabe qué es eso de rock cristiano, pocas veces se ha descrito tan bien la tensión que hay en el pensamiento de Kravitz entre la fe en Dios y la fe en la humanidad. Muchos evangélicos simpatizan ahora con la defensa que hace del sexo limitado al matrimonio, pero su idealismo sigue soñando un mundo de paz y amor, que no se sabe si viene por intervención divina, cooperación humana, o las dos cosas. El cristianismo y la autoayuda se confunden también en su octavo álbum, It Is Time For A Love Revolution.
A Lenny Kravitz le han llamado muchas cosas en la vida. Algunos le ven como un fraude, un camaleón y un impostor. Otros ven su música como un pastiche gratuito y pretencioso. Aunque siempre hay quien le alaba por su diversidad, sus letras positivas e inquebrantable habilidad para romper estereotipos. Pocos le ven como un músico brillante, pero si hay un nombre que ha llevado siempre con orgullo es el de cristiano, a pesar de que muchos hablen de sus relaciones, influencias musicales, la moda o la política. A él le importa tanto su fe, que lleva un tatuaje en la espalda, que dice: “Mi corazón pertenece a Jesucristo”…