Jesús no necesitó ninguna iglesia, ni culto, ni sistema para resucitar.
Tampoco jerarquías, ni edificios, ni coros y música conmovedores.
Ni siquiera una oración, porque ningún ser humano esperaba que realmente resucitase, ni que tal cosa se pudiese pedir. Todas las oraciones fueron hechas antes de su muerte, para superar el dolor, la prueba.
Puede leer aquí el Editorial completo de Protestante Digital titulado Un día como hoy.