Siempre me ha llamado la atención la buena acogida que tiene y ha tenido la Obra de Tagore en España a lo largo de los tiempos, a pesar de que según nos relata el profesor Shyama Frasad Ganguly de la Universidad Jawaharlal Nehru de Nueva Delhi, la mayor parte de Occidente sufriera un desengaño mayúsculo con su pensamiento (expresado en el correspondiente rechazo en Europa), tras haberle otorgado la Academia Sueca el Premio Nóbel en 1913.
Sus ciegos seguidores opinan que fue debido a las traducciones del bengalí, y aunque no les falta razón, siempre eluden citar las consecuencias políticas y sociales que supondrían sus ideas. Quien ose someter a tela de juicio la Obra literaria de Tagore no saldrá bien parado, ya que en su conjunto es deliciosamente fantástica, aun así escritores de prestigio como Gabriel García Márquez y Octavio Paz no han dudado en criticarla; este último aseguraba que Tagore “es un gran artista pero no es un pensador”. Un pensador crea y busca un pensamiento nuevo y coherente, siendo a la vez todo lo discutible que se quiera y este no es el caso de Tagore.
Entre sus ideas estaban las interpretadas por Ortega y Gasset, tomando como construcción epistemológica el nuevo humanismo bajo la orla de la razón vital, aplicada a las Obras literarias de Thakur. Si había un buen amigo del poeta indio en España, ese era Juan Ramón Jiménez, pero el único que se atrevió a hacer un análisis exegético profundo había sido Ortega, y gracias a él conocemos el error Tagoriano.