Compartir la vida solidariamente

Hermanas y hermanos: Hemos reflexionado sobre todo lo que implica desde la Fe nuestro conocimiento del mundo, nuestra visión de la vida de los seres humanos, hombres y mujeres de esta tierra; nuestro conocimiento de la familia humana y su destino último, visto desde los ojos de Dios. Con el propósito de encontrar los caminos que nos lleven a ser coherentes con nuestra fe y realizar todo lo que Dios quiere de nosotras y nosotros, hemos intentado entrar al corazón de Cristo. Con toda esta carga espiritual que hemos acumulado en los días del novenario, no nos es difícil entender porqué se nos ha propuesto como tema de reflexión para el octavo día del novenario, la economía solidaria. Ahora vemos con mayor claridad lo que la palabra de Dios nos quiere decir.

Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre

En el texto que se proclamó como primera Lectura (Hech. 4, 32-37) se nos dice cómo entendió la primera comunidad cristiana el mensaje de Jesús, y cómo inmediatamente empezaron a aplicar lo que Él les había enseñado; Jesús venía del cielo, se hizo hombre en medio de nosotros en el seno de la virgen María por obra del Espíritu Santo y nos hablaba acerca de lo que él había aprendido de su Padre (Cfr. Jn 8,28) ; él decía, mi Padre es quien me glorifica, de quien ustedes dicen ‘Él es nuestro Dios’ (Jn 8,54) . Por Jesús nosotros conocemos el misterio de la vida íntima de Dios, que es la vida de comunión de tres Personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, es decir, la Santísima Trinidad, tres Personas distintas y una sola Esencia Divina, es decir, un sólo y único Dios. De la misma palabra del Evangelio sabemos que Jesús es el Hijo eterno de Dios, la Segunda Persona Divina de la Santísima Trinidad. Él es una Persona divina que se hizo hombre para hablarnos de Dios: “A Dios nadie lo ha visto jamás, el Hijo unigénito de Dios, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado” (Jn 1,18). Nadie conoce mejor a Dios que Jesús su Hijo, es lo que nos quiere decir el texto de Juan (Cfr. Mt 11,27) .

Jesús, en el misterio de su encarnación, además de la sabiduría que comparte en la comunión que como persona divina tiene con el Padre, ha podido conocer profundamente, desde la perfección de su mente humana, a Dios su Padre y al ser humano (Cfr. Jn 2,25) y, también con su voluntad humana perfecta ha amado a Dios su Padre (Cfr. Jn 14,31), y a nosotras y nosotros sus hermanos y hermanas (Cf. Jn 15,9; Rm 8,29). El Evangelio nos deja claro que Jesús es el Señor del cielo y de esta tierra (Cfr. Mt 28,18); que es el creador del universo, junto con el Padre (Cf. Heb 1,2-3;) Juan nos dice que si Jesús tampoco se hizo nada de cuanto existe (Cfr. Jn 1,3). Jesús es la Palabra (Cfr. Jn 1,1-18), la Sabiduría creadora que se hace carne, que estaba junto a Dios (Cfr Jn 1,1-2) cuando estaban siendo creados los cielos y la tierra (Prov 8,27-31).

Jesús conoce perfectamente cual es el sentido que tiene la vida del hombre en la tierra y que Dios su Padre es Señor de los cielos y de la tierra, y que los bienes creados han sido puestos para el desarrollo, crecimiento y bienestar honesto, de todos los seres humanos, sin ninguna distinción, ni sombra de discriminación. Los primeros cristianos empezaron a poner en práctica estas verdades, como lo hemos escuchado, en el texto del libro de los Hechos de los Apóstoles, que se ha proclamado en la primera Lectura de la misa: “Tenían un sólo corazón y una sola alma” (Hch 4,32), ellos tenían la certeza de que toda persona tiene el derecho inherente a su ser, a tener una vida digna, y por eso compartían sus bienes, “pues nadie tenía nada como propio y todo lo tenían en común” (Ibid). El texto nos pone el ejemplo de Bernabé, quien tenía un campo que vendió, porque él no quería estar por encima de los demás, no quería que hubiera distinciones entre unos y otros, pues Dios no hace acepción de personas.

Las aportaciones del mundo secular a la comprensión de la Fe cristiana

Sin embargo, no podemos reducir la organización de una economía solidaria al tipo de medidas prácticas que tomó la primera comunidad cristiana, el modo como los cristianos aprendieron a manejar el respeto al destino universal de los bienes de la tierra para evitar las desigualdades no es solamente vender todo y repartirlo en limosnas entre los necesitados. Lo que nos muestra el Evangelio en su integridad, es una comprensión de la administración nueva de los recursos de la tierra. El texto de los Hechos de los Apóstoles que se nos ha leído muestra un ícono, un referente de lo que tiene que ser, de lo que tenemos que lograr todas las generaciones de hombres y mujeres que pasamos por el mundo, en lo que se refiere al acceso a la vida digna, para todas y todos, sin que nadie pase necesidad.

Hoy, gracias a las ciencias económicas, a las ciencias políticas y sociales, y ya desde la antigüedad hasta nuestros tiempos a pensadores humanistas, como han sido los filósofos, que han reflexionado sobre el sentido de la vida humana, tenemos aportaciones valiosas para entender mejor el mensaje del Evangelio en este tema. También gracias a novelistas, poetas, poetisas y dramaturgos que han dibujado el drama de los pobres en sus obras artísticas. La búsqueda que en el mundo secular se ha dado, con espíritu crítico, de una solución atinada para el sufrimiento humano que proviene de las desigualdades sociales que hay en el mundo, es también un luz para que entendamos de manera integral el modo en que como discípulos de Jesús hemos de buscar que “nadie pase necesidad”, es decir, que encontremos una solución integral a las injusticias que están ahondando las enormes diferencias entre ricos y pobres en el mundo.

Ya los filósofos antiguos en el mundo griego y latino tienen tratados muy importantes sobre la ética, la justicia y la política. Santo Tomás de Aquino se distinguió de manera muy particular, aunque no fue el único pensador cristiano que lo hizo, por recoger la palabra de los sabios del mundo secular para explicar, con sus conceptos antropológicos, sociales y filosóficos, el Evangelio de Cristo. El día de hoy, la Iglesia asume, para la comprensión del Evangelio, las aportaciones científicas y humanistas de los pensadores e investigadores modernos, y llegar así a una comprensión más completa de la fe cristiana. La Constitución Pastoral de la Iglesia, del Concilio Ecuménico Vaticano II, ‘Gaudium et spes’, en el Capítulo IV que habla de La Misión de la Iglesia en el Mundo Contemporáneo, en el Núm. 44, reconoce la ayuda que recibe del mundo contemporáneo.

Denles ustedes de comer

En el Evangelio de San Juan que se nos ha proclamado (Cf. Jn. 6, 1-15) se nos narra el milagro de la multiplicación de los panes. Cristo el Hijo de Dios, el Señor del cielo y de la tierra, de la misma manera que convirtió el agua en vino en las bodas de Caná, repartió cinco panes de cebada y dos pescados entre una multitud, en la que tan sólo los varones eran cinco mil, además había entre ellos muchas mujeres y niños. Nuestro Señor hace este signo por compasión, procedente de un corazón humano lleno de profunda sensibilidad. El Evangelio nos enseña que la Persona Divina del Verbo, al vivir aquí en la tierra en nuestra condición humana, adquiere en ella todas las virtudes con las que debemos vivir nosotros cuando pasamos como peregrinos por la tierra (Cf. Heb 5,8-10); Él, al igual que curó a los enfermos, también sació el hambre de aquella gente. Él les pone una prueba a Felipe y a Andrés al pedirles “denles ustedes de comer”. Ellos, nos dicen los Evangelios Sinópticos, le habían hecho una observación a Jesús para que dejara ir a esa multitud a buscar entre los caseríos algo para comer, porque era tarde, hacía tres días que lo seguían y seguramente tenían hambre (Cfr. Mc 6,35-37); Jesús también vio a esa gente cansada y hambrienta.

Gente empobrecida por los Imperios

Pero Jesús veía la condición de esa gente que estaban como ovejas sin pastor (Cfr. Mt 6,34); entendía el tipo de economía impuesto por el Imperio Romano al pueblo judío, una economía injusta, de sanguijuela, pues absorbía lo que producían para sostener su vida personal y comunitaria, imponiendo pesados tributos a la población. Es lo que hacen exactamente los grandes imperios del mundo moderno, llámense ellos el Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Escuché en estos días, precisamente, que en las noticias se anunciaba cómo a España le impone el FMI que baje los salarios y que aumente los impuestos, cuando ese país es, junto con Grecia, el que más alto nivel de desempleo tiene en estos momentos entre los países europeos; de ese modo destrozan la vida de los habitantes de ese país. Conocí bastante de los países europeos cuando estudié hace unos años en esa parte el mundo, en ellos la pobreza estaba bastante mitigada.

El sistema económico imperante en el mundo ha creado todavía más pobres en América Latina, en África y en Asia en los últimos treinta años; ahora, en los países que fueron pueblos prósperos, hasta finales del siglo pasado, como los europeos, ya empezaron a tocar a algunos y los están desbaratando. Quienes han ideado este modelo buscan que los bienes de la tierra se queden en unas cuantas manos. Del mismo modo en Judea, en el tiempo de Jesús, el sistema político y económico que imponía el Imperio Romano era inhumano, y los judíos lo tenían que soportar. Jesús conoció y vivió en carne propia esta situación. Él sabía que en el hambre y la pobreza de esa gente había detrás un problema creado por el pecado de la injusticia.

Hoy nos imponen también la pobreza y el retraso social a través de un sistema económico al que los obispos latinoamericanos y caribeños, en el documento conclusivo de su V Asamblea General, celebrada en Aparecida, Brasil, consideran como un proceso promotor de inequidades e injusticias múltiples. La deuda externa de México que los ciudadanos estamos pagando con nuestros impuestos ya desde hace muchos años ahora la quieren pagar con nuestro petróleo, entregándolo a los ricos de la tierra; también quieren pagarla entregándoles la energía eléctrica.

Daremos cuenta a Dios de las obras fruto de nuestra Fe

A través de las industrias extractivas multinacionales, les entregan a los países ricos los recursos naturales como por ejemplo los metales: el oro, la plata y el cobre. No somos el único país saqueado, Canadá, por ejemplo, tiene un gobierno que entrega en estos momentos sus recursos naturales a manos llenas a su vecino país del sur, Estados Unidos. Los políticos del mundo hacen esto por todas partes obedeciendo a los grandes prestamistas del mundo, que imponen sus reglas económicas a los países débiles económicamente, de manera que se les permita apoderarse de la fuerza laboral de los pueblos, por medio de las esclavitud moderna a las que son sometidos los trabajadores de la tierra, y extraen sin miramientos los recursos de los países más pobres, repito, lo están haciendo por todas partes. No podemos decir que esto no está ligado a nuestra fe, el Papa Francisco lo dice, la justicia y la paz en la tierra es parte de nuestro compromiso a través de la fe, que es con Dios y con nuestras hermanas y hermanos del mundo, porque la fe está íntimamente unida con el amor.

¿Hasta cuándo vamos a entender que vamos a ser juzgados por el hambre, la sed, la desnudez, la falta de un techo, de salud y de libertad, provocadas por las estructuras sociales creadas por la codicia de unos cuantos, sin que nosotras y nosotros hagamos algo por remediarlo?. De todo el mal que se está provocando contra los pobres del mundo Dios nos va a pedir cuentas por nuestra falta de solidaridad ante el dolor provocado a ese Cristo de carne que sigue padeciendo en esta tierra en los despreciados del mundo. El juicio de Dios lo vamos a tener en forma privada en el momento de nuestra muerte personal, y en forma pública, al final de la historia del mundo, cuando vuelva Cristo a juzgar a los que todavía vivan en la tierra, y a los muertos que resucitarán para comparecer ante Él.

La multiplicación del pan y el pescado, acción de urgencia, no definitiva

Desde la Palabra de Cristo aprendemos a compartir el pan con todas y todos. Nuestro Señor Jesucristo, en la siguiente parte del capítulo 6 de San Juan (que por razón de tiempo no se nos proclamó), nos da a entender que aplicó solamente un remedio de emergencia al hambre de aquella multitud. Lo mismo hizo en el caso de los enfermos que hizo curaciones de emergencia, porque Dios nos dio la inteligencia para descubrir con la ciencia los caminos para enfrentar la enfermedad. Pero no solamente nos da los recursos de las ciencias humanas para enfrentar las enfermedades, o las tecnologías para producir los alimentos que atiendan a las necesidad de la alimentación en el mundo, sino sobre todo, con su ejemplo y la sabiduría, nos da los recursos espirituales y humanos para pensar y actuar correctamente, estableciendo el orden justo que debemos instaurar en las estructuras de la sociedad, para aplicar solidariamente los recursos que nos lleven a atender a los enfermos y a los hambrientos del mundo. Tenemos pues la base científica y tecnológica que permite que dominemos las enfermedades y que enfrentemos el problema del hambre en el mundo; ahora, hagamos crecer el amor y el espíritu solidario con el que sufre.

Junto con los avances científicos y tecnológicos, debemos aplicar la sabiduría que nos enseña la palabra de Jesús para constituir estructuras políticas y económicas justas que se preocupen de socializar la medicina para que la salud llegue a los pobres del mundo. De igual manera tenemos que organizar esas mismas estructuras justas, para que el pan sea el suficiente, y lo distribuyamos de manera eficaz, logrando que absolutamente nadie padezca hambre en el mundo. A la bese de todo esto deben estar el trabajo justamente remunerado, que permita dignamente al trabajador y la trabajadora, junto con su familia, acceder a la salud, a la alimentación, a la educación y a la habitación decorosa con todos los servicios.

Busquen el alimento que permanece para la vida eterna

Regresemos al Evangelio de San Juan y a la persona de Jesús. Los judíos recorrieron a pie, a toda prisa, las orillas del mar de Tiberiades para llegar a Cafarnaúm y le preguntaron a Jesús “¿Cómo has llegado hasta aquí?” (Jn 6,25). Porque se dieron cuenta que Jesús no había subido a la barca con los apóstoles para ir a Cafarnaúm. Jesús les replicó “Ustedes no me buscan por lo que yo hablo, no me buscan por el verdadero pan que alimenta la vida humana, ustedes me buscan por el pan material con el que se saciaron y quieren que yo les siga dando pan” (Cfr. Jn. 6, 25-26). Jesús no vino para sustituir nuestra responsabilidad humana de hacer producir la tierra que nos da el pan, por medio de nuestro trabajo, y distribuirlo justamente entre todas y todos. Por esa razón no dejó que lo hicieran rey. Él vino a enseñarnos la justa medida del trabajo humano y el modo correcto de utilizar los bienes que proporciona la tierra, rompiendo con la dinámica del egoísmo y el ansia de dominio sobre los demás, que convierte a las personas en objetos de comercio, de las que nos servimos para adueñarnos de su vida y de todo lo que a ellos les corresponde disfrutar de los bienes del mundo, necesarios para crecer y desarrollarse como personas dignas. Jesús vino a hacer posible el cambio profundo del ser humano, para hacer de nosotras y nosotros, mujeres y hombres justos. Él hace posible, mediante el misterio de la redención, un cambio de mentalidad en nosotras y nosotros, y una moderación, mediante el don del Espíritu Santo, del ansia de poder y tener, que brota de nuestro corazón infectado por la avaricia y el deseo de dominio sobre los demás. Por eso habla de una manera tal, que sorprendió a muchos de sus seguidores que en ese momento no lo entendieron. Él dijo que era el pan vivo bajado del Cielo, el Pan de la vid; que su palabra, su cuerpo y su sangre son nuestro alimento (Cfr. Jn. 6, 35).

En estos días yo les decía que con la fe nosotros nos unimos a Dios. Que comamos la carne de Cristo y bebamos la sangre suya, es signo de que Jesús quiere ser uno con nosotros y que nosotros seamos uno con Él; es como si nos dijera “yo soy cada uno de ustedes, ahora con mis ojos van a ver el mundo, con mi corazón van a amar a los hombres, con sus ojos van a ver, con su mente van a entender el plan de mi Padre, porque yo estoy en ustedes y ustedes están en mí (Cf. Jn 14,20). Jesús nos dice “busquen el alimento que permanece para la vida eterna” (Jn. 6, 27), viviendo de acuerdo a la voluntad del Padre cuyas enseñanzas nos vino a transmitir su Hijo. Cuando cumplimos su palabra, se empieza a cumplir en nosotros la promesa que ayer escuchamos en el Evangelio: “Todo el que cumpla mi palabra es el que me ama, mi Padre lo amará y mi Padre y yo vendremos y pondremos en él nuestra morada” (Jn. 14, 21). A Todo aquel que se esfuerce por hacer la voluntad de Dios que Cristo nos enseñó en su Evangelio, el Espíritu Santo le hará entender el verdadero sentido de la vida humana. (Cf. Jn 14,26; 16,13)

El mundo es de todas y todos, no debe haber hambre

Los cristianos tenemos que hablar, tenemos que trabajar, tenemos que organizarnos para hacer entender a la sociedad cual es el plan de Dios para la vida humana, cual es el verdadero sentido de la economía, cual es el verdadero sentido de una organización política; somos nosotros portadores de esta buena nueva para que el Espíritu Santo ayude a todos los hombres de la tierra a entender todo esto. Aún cuando muchos no vayan, quizá, a conocer a Cristo, y vivan en el mundo sin haberlo confesado desde una fe como la nuestra; pero, sin embargo, al final serán premiados con todos los justos y las justas de la tierra, porque entendieron la palabra y la vida de justicia y amor que anunciaban los cristianos, porque entendieron la verdadera solidaridad que vivieron, anunciaron y practicaron los cristianos.

Al Papa Juan XXIII lo querían muchísimo personas de todo tipo y religión, los ateos, los judíos, los musulmanes, los budistas, los libre pensadores, etcétera, porque entendieron su palabra de solidaridad y de paz, de amor y armonía entre los pueblos. El Papa actual que está hablando de todo lo que el hombre tiene que hacer lo están entendiendo muchas y muchos. Esta es la vida cristiana, somos fermento de vida verdadera en la tierra, por eso el Papa nos dice tenemos que hablar, tenemos que ir a los pobres, tenemos que dar signos, tenemos que hacer entender a este mundo; tenemos la potencia del Espíritu. Pero el Espíritu actúa en el mundo cuando las personas se ponen en marcha, en camino, para arreglar esta tierra por medio de la justicia y el amor, el respeto a todas y todos, y la solidaridad con los pobres y despreciados de la tierra. Entonces comprendemos mejor el verdadero sentido de la economía y la organizaremos como debe ser. Pero si estamos callados, si seguimos viviendo como cristianos enajenados, que nos sentimos buenos solamente porque venimos a sentarnos un rato en los templos y cumplimos con algunas cosas que no tengan que ver nada con la justicia y la misericordia ¿Cuál es el fruto? Debemos organizarnos, confesar la integridad de nuestra fe, con el ejemplo y con la palabra.

El mundo es de todas y todos, no debe haber hambre, no debe haber pobreza, estas salvajadas que se hacen con el ser humano, hombre o mujer, no debemos ni podemos aceptarlas si somos cristianos.

Fray Raúl Vera López, obispo de Saltillo
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