Homilía con motivo del Día de la Universidad

Sr. Rector y demás miembros del Equipo Rectoral de la Universidad de los Andes.Sres. Decanos, Profesores, Personal Administrativo y Obrero, Estudiantes de nuestra Máxima Casa de Estudios Hermanos en Cristo. Hoy, 30 de marzo, celebramos esta Eucaristía gratulatoria en el día de la Universidad de los Andes, cuando la liturgia conmemora el llamado Viernes de Concilio, preludio de la Semana Mayor, que nos invita a hacer memoria de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Este contexto litúrgico es marco adecuado para una fecha tan significativa como la que nos congrega en esta mañana.

En la liturgia de la Palabra, el profeta Jeremías, en una de tantas situaciones límites que le tocó padecer en el convulsionado tiempo en el que ejerció su ministerio, exclamó: “la Palabra del Señor se me volvió insulto y burla constante” (Jer. 19,8). A pesar de todo, Jeremías siente que por encima de sus adversarios, está Dios “que sondea las entrañas y el corazón”.

Por su parte, el Evangelio de hoy, percibe el encono en contra de Jesús por parte de los judíos que lo quieren apedrear, a pesar de las muchas obras buenas que ha hecho delante de ellos. El bien que se hace, choca muchas veces, y de manera incomprensible ante la envidia y mezquindad de quienes no quieren ver ni reconocer lo positivo que hacen los demás.

Esta Palabra de Dios nos mueve a comprender el drama de la vida de cada día. Pero este dramatismo no puede ser causa de paralización ni de desánimo ante las dificultades. Con espíritu confiado, como el salmista de nuestra boca debe brotar la plegaria: “en el peligro invoqué al Señor, en mi angustia le grité a mi Dios; desde su templo, él escuchó mi voz y mi grito llegó a sus oídos (salmo 17).

La vida de Jesús es un paradigma para todo creyente. En ese espejo de esperanza debemos poner todas nuestras capacidades, cual sombra protectora que guía nuestros actos para vencer la maldad y ser constructores de paz y fraternidad.

Hace doscientos años, en una fecha como la que hoy conmemoramos, la ciudad y sus instituciones estaban sumidas en el trauma de la destrucción y en la incertidumbre del futuro inmediato. A los efectos devastadores del terremoto del 26 de marzo, se unió el clima social reinante por la inestable situación política. El camino recorrido desde el 5 de julio de 1811, con nuevas autoridades intentando modelar un nuevo Estado, mostró pronto, una serie de carencias que llevó al traste el primer proyecto republicano e hizo ondear aires de guerra fratricida.

Mérida no escapó a aquella realidad. A pesar de haberse declarado a favor de la causa iniciada en Caracas desde abril de 1810, el movimiento pro realista surgido, puso en evidencia que estábamos ante un conflicto interno en el que la Metrópoli estuvo prácticamente ausente. Desde un comienzo, el conflicto surgido tuvo un carácter interprovincial y civil antes que independencia. Las pugnas entre Caracas y las ciudades interioranas pusieron de manifiesto que faltaba mucho por recorrer para que la unidad de ellas fuera expresión de un nueva república cohesionada y unida. “Rota la vinculación con la Península, las ciudades de lo que hoy es Venezuela, no querían ahora depender de la oligarquía caraqueña y se aliaron con los partidarios de la hegemonía metropolitana, que no debían ser necesariamente peninsulares” (Izard, M. Latinoamérica, S. XIX. Violencia, Subdesarrollo y Dependencia. Barcelona 1990, s/p.).

Mérida, al unirse a Caracas, se enfrentó a su capital natural y rival, Maracaibo. Esta última, siempre luchó por la capitalidad provincial, incluidos los Andes, y por la capitalidad intelectual y espiritual; vale decir, por tener en las riberas del Lago la sede de la Diócesis y del Seminario Universidad. Tan cierto es lo anterior, que desaparecido Santiago Hernández, quien portaba la triple condición de obispo, rector máximo del Seminario y gran canciller de la Universidad, se desataron las apetencias por unir en una única sede todas las expresiones del poder.

Tanto personeros civiles como eclesiásticos, se arroparon bajo el manto de la fidelidad a la monarquía o al naciente republicanismo, para tomar la decisión de luchar por el traslado o la permanencia de las instituciones antes mencionadas. Los canónigos de Mérida, Irastorza y Mas y Rubí, quienes habían trabajado por la creación de dichas instituciones en la ciudad serrana, se tornaron activos partidarios de la mudanza a las tierras ardientes pero más exentas de avatares políticos o telúricos. Los también civiles realistas, Don Francisco de Ugarte y el Gobernador de Maracaibo, Don Pedro Ruiz de Porras, retomaron a Mérida bajo la bandera de Fernando VII y comenzaron las diligencias para que la voluntad real aprobara el traslado de los símbolos que le daban brillo a la ciudad de los caballeros.

El amor al terruño merideño mostrará una vez más que estaba por encima de la inclinación política, ratificando que el conflicto interprovincial era más fuerte que la dependencia política a uno u otro bando. Es el caso de Don José Cornelio de la Cueva quien desde el alzamiento de los Comuneros de El Socorro que llegaron hasta Mérida, manifestó claramente su adhesión al Rey y su causa. Al volver los realistas a retomar la ciudad y reconfigurar sus autoridades, en mayo de 1812, aparece nombrado Regidor del Ayuntamiento. Sin embargo, interpuso sus buenos oficios junto con los de sus colegas para la redificación de Mérida destruida por el terremoto y para que no se le privase de ser el asiento de la Silla Episcopal y de la Universidad (H. García Chuecos. Estudios de historia colonial venezolana, tomo II, p. 226).

Son también abundantes los documentos que reposan en el Archivo Arquidiocesano, donde encontramos los muchos alegatos de eclesiásticos y civiles de la región por la reconstrucción de la ciudad, la permanencia de sus instituciones fundamentales y la reinstalación de diversas cátedras del Seminario y Universidad.

La descripción anterior no es sino una muestra del tesón de los merideños y de los foráneos que aquí se han arraigado, haciéndola suya, para hacerla grande y noble. Este es uno, entre los muchos episodios que han mostrado que el coraje y la constancia han vencido a las adversidades por querer negarle a Mérida su razón de ser: ciudad de letras y de espíritu. Este ha sido su sino, pero también el acicate para crecer, pues la inteligencia nos ha sido dada para para que el hombre con su trabajo y con su ingenio perfeccione su vida (cfr. Conc. Vat. II, Gaudium et spes 33). Como dijo en una oportunidad el Dr. Pedro Rincón Gutiérrez: “volquemos nuestros esfuerzos hasta lograr una “república de gentes que estudian”. República del bien, de la tolerancia, de la comprensión y del estudio. La Universidad debe ser el primer taller democrático. Preparemos por tanto nuestras herramientas en busca de la libertad, de la verdad, de la justicia” (Oneiver Arturo Araque, compilador. Discurso y memoria de Pedro Rincón Gutiérrez, p. 96).

El 2012 es también un año crucial, como lo fue 1812, para que hagamos de la Universidad, la razón de ser de la libertad, de la investigación, del pluralismo y la tolerancia. Porque la ciencia auténtica es aquella que está al servicio del hombre, de la sociedad concreta, buscando solucionar sus problemas.” Quien ante la realidad de su país sepa mantener el alma abierta a lo valioso, ése no caerá, respecto de él, en la desesperanza total; más aún, es seguro que cobrará ánimo para seguir trabajando” (Pedro Laín Entralgo. Esperanza en tiempos de crisis, p. 278-279).

Venimos hoy, en el día de la Universidad, a renovar el valor de lo trascendente. Acercarnos al ámbito de lo sagrado no rebaja, al contrario enaltece la condición finita del ser humano que encuentra, en su condición de imagen y semejanza de Dios, la fuerza transformadora de lo que la inteligencia con voluntad nos ofrece: ser creadores de futuro, de bien, de paz y de fraternidad.

Renovemos en esta Eucaristía gratulatoria, el amor y dedicación a la Universidad de los Andes, faro de luz desde estas montañas andinas para el progreso de nuestra patria. Es lo que deseo para todos bajo la protección de María, nuestra madre. Que así sea.

Monseñor Baltazar Porras, arzobispo de Mérida (Venezuela)
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