Del Santiago "matamoros" al Santiago caminante, en Mendoza

El cambio data de 2001, pero clausuró 434 años, desde el 22 de junio de 1566, cuando Gabriel Cepeda fue elegido Alférez Real y recibió el estandarte de la ciudad.
De esa fecha es la primera acta en la que figura el santo apóstol en la historia de Mendoza, fundada el 2 de marzo de 1561 por Pedro del Castillo.
Lo cierto es que, cada año, para la víspera de Santiago Apóstol, el alférez Cepeda desfilaba con su estandarte y renovaba su juramento. Y en 1575, también el 24 de julio, lo nombra al apóstol “Patrón de las Españas y a quien esta Ciudad tiene por Patrón y Abogado”.
La ceremonia se impuso, el santo ganó sus laureles y la gente comenzó a rezarle para estar a salvo de temblores y terremotos, tan habituales aquí como el sabroso vino Malbec.
Y la imagen venerada por 400 años y pico fue la de Santiago Apóstol, montado a caballo, con espada en la empuñadura y dos musulmanes a sus pies, según el relato de su aparición en 844.
Pero el santo no contaba con que en la Argentina se cuestiona todo. Y así fue en 2001, la monja claretiana Marta Morader talló un ícono del santo “matamoros”, en una faceta diferente. Y así fue como el que hoy preside el templo es un apacible predicador en Judea y Samaria y, por qué no, de España.
Sobre el tema ha reflexionado el museólogo Rubén Darío Romani, en una nota para Los Andes de Mendoza, en 2001, consideró que debería resultar “ofensivo que las imágenes religiosas infoquen símbolos de guerra y de intolerancia a los diferentes”.
“No menos cierto es que este Santiago "matamoros" nos recuerda las condiciones de una edad media en la península en la que bajo dominio árabe se inició un laboratorio de mestizajes culturales que pudo ser una escuela de tolerancia para la rancia Europa, pero que el espíritu de reconquista y contrarreforma inauguraron tristemente las exclusiones de los diferentes, tan malamente famosas luego en nuestra América. No menos totalitarios han resultado las "guerras santas" moriscas contra los "infieles" hispanos, pero en fin, entre fieles e in-fieles de uno y otro absolutismo han quedado los recuerdos ateridos de sus víctimas y las familias integradas por ambos bandos, las herencias culturales entrelazadas y las xenofobias irresueltas, las palabras nuevas que forjaron desde su límite el castellano-romance que vino a estrellarse, encallar y reverdecer otro idioma en nuestros países descarnados”, señaló Romani.
Para el autor “a este don Santiago, espada en mano, no resulta motivador hacerle procesiones y recordar su papel misionero de un dios llamando al amor entre los hombre, como sucede en su Santiago de Compostela, la ciudad gallega donde se supone que está enterrado el apóstol, y a la cual convergen millones de creyentes y no creyentes cada año.
Al final, al santo lo hicieron bajar de su caballo y ahora pasea a pie, junto a los fieles que lo veneran, por las limpias y luminosas calles de Mendoza, la tierra del buen vino.