“Señor mío y Dios mío”

“Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré”, dice Tomás a los discípulos. Nosotros también confiamos más en nuestra cabeza que en nuestro corazón; miles de nuestros contemporáneos podrían repetir con Tomás estas palabras.

En el Evangelio, Cristo muestra su gracia a Tomás y le permite meter sus manos en las heridas. Tomas recupera así su fé.

¿Qué pueden hacer los desesperados que, después de dos milenios de historia humana, no tienen el privilegio de Tomás? Si nos comparamos con el pequeño grupo detrás de las puertas cerradas, parece que todo ha cambiado, pero nada cambió.

Tomás dice: «Señor mío y Dios mío», mirando el cuerpo resucitado de su Salvador. Hoy nosotros somos Su cuerpo. El nos dejó a nosotros como Su cuerpo en la tierra, como memoria de Su presencia.

El mundo contemporáneo cuenta con muchos teólogos y pensadores, que pueden pronunciar ideas muy correctas con palabras muy correctas, pero ¿se hacen entender por el mundo? Puede ser que para un escéptico o un dubitativo, el ejemplo de la madre Teresa esté más vivo que el de todos los teólogos y académicos juntos. Lo que es importante es ser, aunque sea en silencio, la presencia de Dios en el mundo, siendo la presencia de Dios para los que no lo conocen.

Eso no significa que el camino sea siempre recto. Como Tomás, la madre Teresa fue una persona viva. En sus diarios escribió: “En mi alma siento… el dolor terrible de la pérdida... que Dios no me quiere... que Dios no es Dios... que Dios realmente no existe”.

De un lado, y viniendo de un “creyente profesional”, hay que mostrar cierta valentía para pronunciar estas palabras. Por otra parte, para una persona superficial –creyente o no– estas palabras podrían ser muestra de la debilidad de su fe, pero en verdad denotan algo más importante: la fe de un ser humano vivo, que sabe de decaimientos, dudas y descorazonamientos, pero ansiando compartir su fe con los otros.

Esto es lo que hace que nuestra fe sea una fe apostólica, así como, en el fondo, la capacidad de vivir con Cristo su último momento de solidaridad con el solitario mundo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

Por eso la imagen del hombre que dice “no creeré”, pero está extendiendo sus manos en esperanza y amor, es tan importante para nosotros: nos manda un mensaje, no de escepticismo y cinismo, sino de esperanza y amor.

“Vamos también nosotros, para que muramos con él”, dice Tomás, sea en la India, en la Unión Soviética o en España.
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