¿Soñador?: Cadáver…o delincuente.

Primero apartaron la barca de tierra, sólo un poco, y Jesús se puso a enseñar. Hablaba de Dios y de un Reino en el que amor y justicia alcanzaban a los desheredados de la justicia y del amor. Luego, el Maestro dijo: “Mar adentro”, y salieron para largar aparejos y pescar. Aquella pesca fue un milagro, revelación del misterio presente en un mundo de trabajos y pecado; aquello fue para los testigos el comienzo de un mundo nuevo.

Hoy, de muchos lugares del norte de África, salen “mar adentro”, camino de Europa, zódiacs, pateras, cayucos, míseras embarcaciones cargadas de humanidad joven, que sueña también para ella su pesca milagrosa, una humanidad nacida con derecho a soñar y condenada a morir sin tocar la realidad de lo que sueña.

No podemos medir el dolor de quienes sufren en la frontera sur de Europa; ni siquiera somos capaces de estimar el número de los que en ella mueren. Eso sí, dolor innecesario y muerte violenta parecen formar parte del paisaje, y corremos el riesgo de habituarnos a verlos como se ve amanecer o llover.

No hace mucho, en aguas del Mediterráneo, entre Libia e Italia, murieron 73 inmigrantes. Otros cinco fueron rescatados con vida. El día en que fueron rescatados de la muerte, ese mismo día empezaron a ser delincuentes por ley en el estado italiano.

El sábado pasado, de treinta y seis personas que, amontonadas en una zódiac, soñaban con alcanzar las costas de España, sólo 11 fueron rescatadas con vida. El mismo día en que fueron rescatadas, esas personas empezaron a ser delincuentes por ley en el estado marroquí.

Cadáver o delincuente: tristísima e inaceptable alternativa para quienes sólo han soñado la alegría de una pesca milagrosa.

XXVI DOMINGO DEL TIEMO ORDINARIO

Queridos: nuestras preocupaciones de hoy no son, manifiestamente, las que alteraron la normalidad de la vida en las tiendas de los israelitas acampados en el desierto; ni son tampoco las que expresó a Jesús su discípulo Juan, cuando éste vio “a uno que echaba demonios” en nombre del Maestro.

Pese a todo, la palabra proclamada este domingo en nuestra celebración está llena de resonancias que necesitamos percibir para no ceder a la desesperanza.

“¡Ojalá todo el pueblo de Dios fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!” ¡Ojalá todo el pueblo sintiese de alguna manera en su carne el dolor de Dios por la muerte de sus hijos! Ojalá todo el pueblo recibiese el espíritu de Dios para conocer las profundidades de Dios, también su dolor. Nos hace falta el espíritu de Dios para conocer la perfección de su ley, la fidelidad de su precepto, la pureza de su voluntad, la justicia de sus mandamientos. Necesitamos el espíritu del Señor para reconocer a Cristo y reconocer nuestra propia carne en el hermano que sufre, en los hermanos que mueren.

Él, el Señor, indicaba esa misteriosa comunión, cuando dijo a sus discípulos: “El que no está contra nosotros, está a favor nuestro”. Y esa comunión con Cristo hace valiosos, precioso, incluso el vaso de agua que damos al hermano “porque es del Mesías”, porque es su cuerpo.

Que no cerremos a los pobres la puerta de la esperanza, por nuestra vana pretensión de entrar en la vida, no sólo con el cuerpo entero, sino también con nuestras riquezas. Más nos vale entrar sin nada en el Reino de Dios que ser echados con todo al abismo, “donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”.

Santiago Agrelo, arzobispo de Tánger
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