La invasión del millón de peregrinos

Cuenta Mitxel Ezquiaga en Diario Vasco que llora y llora en un sollozo que parece no tener fin. Se llama Verónica, viene de Turín y tiene «casi ochenta años». Se desplaza en una silla de ruedas que empuja una voluntaria que viaja en la misma expedición de peregrinos. ¿Por qué llora, Verónica? «Es de alegría: estoy muy malita y la Virgen me va ayudar», responde. Acaba de pasar la mano por las paredes de la gruta donde, según la tradición, María se apareció a la pequeña Bernardette hace exactamente siglo y medio. Y se lleva la mano a los labios como si se tratara de una medicina mágica.

Es miércoles por la tarde y cientos de personas como Verónica guardan cola ante la gruta. Muchos son enfermos, algunos de ellos niños que van en sillas de ruedas. Otros, simplemente fieles que vienen en peregrinación a uno de los santos lugares del catolicismo. El silencio, sobrecogedor, sólo se rompe por algunas plegarias susurradas o sollozos reprimidos.

El visitante escéptico verá estos días en Lourdes un «parque temático» de la Iglesia cristiana; el creyente encontrará una apoteosis de su fe. Pero unos y otros coincidirán en que se trata de un espectáculo único e impresionante. La conmemoración del 150 aniversario de las apariciones de Lourdes, que se cumple en este 2008, ha supuesto una multitudinaria invasión de peregrinos de esta pequeña ciudad que se levanta a media hora del Pirineo francés. Se estima que más de un millón de personas ha pasado ya por Lourdes en lo que va de año. Y la cifra se disparará el próximo fin de semana con la visita del Papa, Benedicto XVI, para presidir los actos centrales de la conmemoración.

La «olimpiada» religiosa

La imagen del pontífice es ya omnipresente en Lourdes. En la gran pradera vecina al santuario los operarios trabajan a destajo para levantar el escenario donde se celebrará la Misa multitudinaria del domingo que viene. Y las tiendas de la ciudad venden ya multitud de objetos relacionados con la visita papal, desde camisetas a siete euros, banderolas a quince o fotografías a todos los precios según el tamaño.
«Para nosotros es una bendición añadida la visita de Benedicto XVI», recitan a casi a coro unas monjas con residencia en la propia Lourdes.

«Estuvo Juan Pablo II, que atrajo a una multitud, y su sucesor atraerá a otros tantos», exclaman. Es el sentimiento que se respira en Lourdes, donde la presencia de sacerdotes, monjas, peregrinos y voluntarios parece monopolizar la vida pública, como si la religiosidad fuera el leit-motiv de toda la ciudad.

Sin embargo, cuando uno charla sin libreta y sin grabadora con alguno de los tenderos de las múltiples tiendas de souvenirs o con las camareras de los restaurantes asoma la otra cara: el punto de vista de lo que alguien podría considerar «los mercaderes del templo». «Estamos triplicando los ingresos de un año normal, y con la visita del Papa superaremos las expectativas», dice un vendedor que anuncia «represalias» si se desvela su anonimato. Una recepcionista de orgen espalñol sentencia: «Para nosotros éstos son como unos Juegos Olímpicos religiosos».

Y aunque Lourdes vive por y para la religión, voces críticas de la propia ciudad denuncian que el enclave se ha convertido «en un parque temático dedicado a la Virgen».

Esas críticas, en cualquier caso, quedan bien lejanas a los peregrinos que invaden Lourdes. Es una torre de Babel en la que domina el francés, claro, pero también el italiano, el inglés, el castellano y hasta el polaco. «Los italianos son los más fieles visitantes de la Virgen, seguidos por los españoles y los irlandeses», apunta un miembro de la organización de «Lourdes 2008». Esta semana, en efecto, el italiano dominaba: expediciones del norte y del sur de Italia se mezclaban a lo largo del recorrido que visita los diferentes puntos del mapa religioso de Lourdes: la casa natal de la niña Bernardette, la gruta, la explanada del santuario, el vía-crucis de la pradera...

Pero el segundo idioma más escuchado es el castellano. El silencio de la zona cercana a la gruta se quiebra de pronto por la irrupción de un grupo que va detrás de una gran bandera rojigualda en la que se ha escrito «Salamanca». Su párroco les dirige y entre dos hombres llevan una vela enorme, que parece un tronco de árbol. «Venimos a honrar a la Virgen, a rezarle, a pedirle que nos ayude».

Cada día se repite el ritual: hay procesiones de enfermos a las cinco de la tarde y a las nueve de la noche, rosario junto a la gruta... La procesión impresiona al viajero ya impresionado por todo lo visto: miles de personas recorren la explanada y el entorno del santuario. Primero van los enfermos, una formación con decenas de sillas de ruedas. Detrás, casi un centenar de sacerdotes. Bajo palio, el cáliz con las sagradas formas, ante el que se arrodillan los fieles. Al final, una larga fila de peregrinos.

Las razones de un viaje

¿Qué mueve a toda esta marea humana? «Hay gente a la que parece normal hacer una cola de horas ante un museo o la atracción de un parque y no entiende esto. Es simplemente la fe los que nos mueve, el deseo de ser mejores, de juntarnos, de recordar a la Virgen», dice un cura de Dublín que parece un actor y que está ante la zona de aguas acompañando a un anciano de su barrio. Los peregrinos pasan detrás de una cortina y ahí se sumergen en «agua bendita» con el propósito de curarse.
Cerca una joven pareja coreana mima a su hijo de apenas tres años. «Los médicos nos han dicho que no hay soluciones y nos ponemos en manos de la Virgen», dicen. Pero no todo es tan dramático: unas señoras de Barcelona han venido a Lourdes «para rememorar la historia de la niña Bernardette... y porque nos gusta viajar juntas». El año pasado estuvieron en Roma. ¿Y el año próximo irán a Fátima? «No, quizás a París».

Lourdes vive su año más intenso. El próximo fin de semana llega el Papa y se ultiman los detalles de la visita con mimo. Durante todo el año se mantiene el carácter especial del 150 aniversario y se espera que la masiva afluencia de visitantes continúe.

En el regreso a casa los reporteros viajan en silencio. «¡Qué fuerte!», dice el fotógrafo. «¡Qué fuerte!», responde el redactor. A dos horas de Donostia, Lourdes es una experiencia única, sea uno «partidario», como en el cuento, o no.mezquiaga
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