Como los primeros cristianos

Este domingo celebramos la fiesta de Pentecostés. Soy conciente de que hablar hoy del Espíritu Santo requiere poner en ejercicio la fe; no una fe basada en el fetichismo, sino en la palabra de Cristo, que dijo a sus apóstoles que no se ausentaran de Jerusalén, sino que permanecieran allí a la espera del Espíritu Santo. Los once apóstoles así lo hicieron y, junto a la Virgen, permanecían en oración en el Cenáculo, escenario de la despedida de Jesús, cuando fueron invadidos por la presencia del Espíritu Santo.

La fe se basa en creer lo que Cristo dijo. Pero no es una certeza que se impone. Jean Guitton expresa la libertad de adherirnos diciendo que tenemos “suficiente luz para creer y suficiente sombra para dudar”; pero advierte que, en el peor de los casos, como dijo Bossuet “la fe comporta oscuridad, pero el ateísmo comporta el absurdo”.

Los apóstoles también pasaron por ese claroscuro de la fe, en cuya conservación María jugó sin duda un papel de madre. Sabemos por los Evangelios que, tras recibir el Espíritu Santo, los discípulos —antes temerosos— se lanzaron con gozo a predicar, y que de ahí nació la primera expansión de la Iglesia.

Quizá ahora muchos se sienten también dubitativos o desesperanzados, manejando las estadísticas de jóvenes que se encuentran alejados de la Iglesia y pensando que los católicos practicantes están en minoría en Catalunya. ¡También estaban en minoría los primeros cristianos en la sociedad de su época! El paganismo, el politeísmo, dominaban la cultura del Imperio Romano, por no hablar de tantas regiones del mundo a las que tardaría siglos en llegar el mensaje de Cristo. Pero la fe se fue extendiendo, a través del ejemplo de vida de las personas sencillas que eran cristianas. “Mirad como se aman”, decían de ellas.

Los agricultores y artesanos daban ejemplo de su fe a través de su conducta; los comerciantes exportaban, junto con sus mercancías, la valiosa mercancía de sus creencias; los misioneros se esparcieron por el mundo…¿Cómo lo hicieron? No se reunieron para fijar una estrategia incontestable, no convocaron reuniones hasta determinar un comunicado perfecto. Simplemente, se dejaron llevar por el Espíritu de Dios.

Los primeros cristianos, y nosotros como ellos, se sentían incapaces por si mismos de cambiar el mundo. Comenzaron cambiando ellos, poniendo su confianza en el Señor, y Dios hizo lo demás. En cada época surgieron santos, que fueron como faros de luz, y que la Iglesia canonizó para ponerlos de ejemplo. Y junto con ellos llegó el esplendor de muchas vidas santas, nunca canonizadas —porque sería imposible—, que dieron testimonio de su fe.

Pentecostés no es un hecho histórico solamente. El Espíritu Santo sigue soplando sobre quienes le invocan y se dejan llevar por ese “viento impetuoso” que también suele manifestarse como suave brisa, que barre de nuestra vida toda tristeza y nos conduce a la alegría de sabernos hijos de Dios.

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y Primado
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