La puerta del perdón
Nuestra cultura nos ha hecho perder la sensibilidad o la conciencia de una carencia o necesidad que sólo Dios pueda remediar. O quizá mejor dicho, hemos restringido de tal manera nuestro campo de visión, que pensamos que la única salvación que algunos necesitan es la solución de sus carencias temporales (pobreza, enfermedad, analfabetismo, desempleo, falta de vivienda o de tierra) o la solución de sus disfunciones psicológicas. Y esas necesidades tienen solución al alcance del esfuerzo humano. Por lo demás no hay nada que esperar, nada que desear, nada a qué aspirar. Estamos bien. Por lo que la pregunta acerca de si son muchos o pocos los que se salvan, para muchos, es ociosa y anticuada. Por eso también para muchos, la religión es superflua y es, a lo sumo, un estímulo estético para un compromiso humanitario y social de solidaridad.
Entonces, ¿tenemos que inventarnos necesidades de las que debamos ser salvados? La tarea evangelizadora hoy comienza no con el ofrecimiento de una salvación que muchos parecen no necesitar, sino con la apertura de los ojos para ver otras necesidades y carencias de la existencia humana que para las que necesitamos una salvación que solo Dios puede dar y que muchas veces nos pasan inadvertidas porque estamos entretenidos y distraídos en otros pensamientos. Hoy hay que comenzar por la tarea de volver a sensibilizarnos acerca de otras necesidades más profundas y estructurales de nuestra condición humana, porque la conciencia de esas dimensiones de nuestra existencia no solo nos abrirá la mente a la cuestión de la salvación, sino que nos ayudará a asumir nuestra vida y existencia de modo más pleno, profundo e íntegro. Abrir los ojos a las dimensiones profundas de la vida humaniza, nos hace más personas, más libres, más dueños de nosotros mismos y abren nuestra mente y corazón hacia Dios.
Hay dos cuestiones que amenazan el sentido y el valor de nuestra vida, y que son más graves que el desempleo y la pobreza, la enfermedad o la falta de tierra o vivienda. Esas dos cuestiones o hechos son la muerte inevitable y las decisiones equivocadas que pueden arruinar el valor de la vida. La muerte es el término inexorable de nuestra existencia. El hecho de tener que morir, el hecho de que la muerte ponga tope y final a nuestra vida, lanza una sombra extensa y oscura sobre el tiempo de la vida. ¿Qué sentido tiene actuar constructivamente si la muerte lo engulle todo en la nada? ¿Qué sentido tiene sacrificarse y esforzarse para actuar constructivamente si la vida acaba igual para el que actuó con principios éticos que para el que pasó por esta vida aprovechándose, buscando la ventaja, el beneficio y el placer? ¿Es suficiente compensación para los sacrificios presentes la esperanza de dejar un recuerdo, en quienes nos sobrevivan, de que actuamos de modo altruista y constructivo? ¿Es el recuerdo de quienes nos sobrevivan, un recuerdo voluble e inconsistente, la única supervivencia posible?
Luego están también las decisiones equivocadas que a veces tomamos en la vida y que amenazan de ruina nuestro futuro. Son las decisiones que se convierten en pecado cuando las evaluamos a la luz de la voluntad de Dios para nosotros. No es posible hacer desaparecer del pasado las decisiones y las acciones erróneas y equivocadas, con las que perjudicamos y arruinamos la vida del prójimo y la propia nuestra. Cuando surge la conciencia de que uno se ha equivocado y de que con sus acciones ha comprometido el sentido de su futuro, mucha gente busca olvidar, recurriendo a múltiples formas de olvido. ¿Quién tiene poder para declarar que el pasado ruinoso ya no tiene poder para seguir arruinando la vida futura aunque persista su memoria?
Estos son problemas universales de todo hombre y mujer en cualquier cultura o nación, aunque quizá no todas las personas sean capaces de expresarlos con igual claridad y nitidez. Son problemas que pertenecen a la condición humana. Nuestra cultura nos invita a no pensar en ellos, a darlos por insolubles para vivir el momento presente en una chispa fugaz de alegría y bienestar. Sin embargo, una mirada más integral a la condición humana nos invita a mirarlos de frente y a buscarles solución.
Jesús se presenta precisamente como el mensajero que trae una respuesta confiable a ambos problemas. Jesús nos anuncia que no estamos solos ni estamos en este mundo como una pura casualidad del azar. Hay un Dios que nos creó porque nos ama para que tengamos vida. Él es testigo de ese Dios que ofrece gratuitamente el perdón para superar el pecado y que transforma la muerte en puerta de paso a una vida plena junto a él.
Jesús no responde a la pregunta de si son muchos o pocos los que se salvan. Jesús más bien exhorta y anima a entrar por la puerta, que es angosta. En nuestro contexto actual, la palabra de Jesús es una llamada de atención: no se distraigan en pensamientos descaminados. No se distraigan pensando que los únicos problemas y carencias de los que debemos ser salvados son las carencias y necesidades para la vida en este mundo. Ciertamente hay que trabajar y apoyar las acciones políticas y sociales que hacen posible la solución o el alivio de esos problemas temporales. Es una acción confiada sobre todo a los laicos. Pero el sentido de la vida y su valor no se logran en la solución de esos problemas. No recorten el horizonte de su vida a la inmediatez del presente. Entren por la puerta que yo les abro: la puerta del perdón que redime el pasado, la puerta de la resurrección que aniquila la muerte e ilumina la vida. Pongan su mirada en Dios, que nos ama.
Cuidado con fabricarse una salvación a su gusto y medida y no como la da Dios, nos dice Jesús. No valdrá gritar: en nombre tuyo, Jesús, propusimos un camino de salvación, que pensamos que era lo que la gente verdaderamente necesitaba. Quienes eso hacen encontrarán que al final serán rechazados: Yo les aseguro que no sé quiénes son ustedes. Todas las salvaciones temporales están al alcance del esfuerzo y de la buena voluntad humanas; la salvación de la muerte y del pecado sólo está en manos de Dios.
La palabra de Dios además nos enseña que esta propuesta de Jesús es universal, atañe a todo hombre y a toda mujer, de cualquier pueblo o cultura, porque atañe a la condición humana como tal. Es la promesa de Dios en el profeta Isaías: Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua. Vendrán y verán mi gloria. Y Jesús lo repite: Vendrán muchos del oriente y del poniente, y participarán en el banquete del Reino de Dios. Busquemos pues la salvación que Jesús nos ofrece, que se refiere principalmente a la liberación de la muerte y al perdón del pecado y trabajemos unos con otros para aliviar las otras necesidades temporales, con plena conciencia que ni lograremos nunca solucionarlas todas ni su solución logrará darle sentido y consistencia a la vida.
Mario Alberto Molina, O.A.R.
Arzobispo de Los Altos, Quetzaltenango – Totonicapán