Bajo sospecha

La confianza es uno de los valores que construye la convivencia interpersonal e institucional. Cuando la duda se apodera del ser humano, la comunicación, el diálogo y el intercambio se tornan difíciles porque la seguridad desaparece y la imaginación nos dibuja los escenarios más insólitos. La sociedad venezolana está enferma de desconfianza. Es parte del triste fenómeno de la polarización. La visión oficial se siente todopoderosa para actuar y decidir por todos los ciudadanos. La otra parte, se siente relegada y su protagonismo opacado y reducido a temer el incumplimiento de las disposiciones gubernamentales.

Nos enteramos de las cosas a medias, después que han sucedido; el protagonismo y la participación quedan para decir amén y aplaudir. Pensemos en la realidad familiar, escolar o empresarial en la que el discurso de quien tiene la jefatura fuera: aquí el que mando soy yo. El que no cumpla con tal cosa, pagará con castigo, multa o suspensión de sus derechos. Esta postura es la que lleva a la disolución de la convivencia familiar, a la disolución de la vida comunitaria y social a todos los niveles, porque el protagonismo queda reducido a acatar la voz de mando.

Es lo que estamos viviendo ante la crisis eléctrica. Desde hace varios años padecemos, -sobre todo quienes vivimos en el interior del país-, de una crónica deficiencia del servicio energético. La luz se va cuando menos lo esperamos. Hay que recurrir a la paciencia, a la zozobra que camina por los fantasmas de la noche oscura, que nos arrebata bienes o vida; al malhumor y descapitalización por los aparatos que se dañan sin que nadie responda por ello, o por tener que soportar trabajar o dormir sin ventilador o aire acondicionado.

El único responsable del desastre eléctrico parece ser el consumidor: se exacerba el sentido de culpa por el exceso de consumo. Cuando la sequía, por la falta de agua; ahora que llueve en exceso, por las iguanas o por el sabotaje financiado por los enemigos de la revolución. Por ello, hay que amenazar con multa, corte o suspensión del servicio. Disminuyendo el consumo a todos los niveles puede haber mayor empleo, puede crecer la productividad, o hay que acostumbrarse a vivir así, a la buena de Dios? El gobierno sospecha de la conducta de la población, y el pueblo sospecha que el gobierno no dice la verdad. Resultado: merma de la calidad de vida, horizonte incierto para recobrar los niveles de bienestar y un futuro sombrío porque no hay metas concretas.

¿Dónde está la responsabilidad de la sociedad? Indigna ver esa publicidad que anuncia con bombos y platillos que no hay que preocuparse por los apagones, pues no hay más que adquirir las modernas plantas que nos suministrarán toda la luz que necesitemos! Es decir, el servicio eléctrico está retrocediendo: comenzó siendo un servicio “privado” que se vendía al que podía pagarla. Pasó luego a ser un servicio público que favorecía a toda la población. Ahora, regresa a ser un servicio privado que quien tiene para comprar una planta y encontrar y pagar el combustible, ese tiene el problema resuelto.

Los especialistas en la materia alertan sobre la gravedad de la crisis y la dificultad de salir en corto tiempo de la misma. Los entendidos del gobierno minimizan esos datos, pero tampoco enseñan un plan concreto, con fecha de salida del túnel. Seguiremos viviendo bajo sospecha? A la fatiga y la desilusión pareciera que sólo se pueden contraponer tibias propuestas reivindicativas o eticismo que únicamente enuncian principios y acentúan la primacía de lo formal sobre lo real. O, peor aún, una creciente desconfianza y pérdida de interés por todo compromiso con lo propio común que termina en el “sólo querer vivir el momento”.

¿Quedaremos los venezolanos, como los discípulos de Emaús, presos del amargo asombro, de la murmuración quejumbrosa? O seremos capaces de dejarnos sacudir por el llamado del Resucitado a los discípulos desolados, y reaccionar, hacer memoria de la palabra profética, memoria de los momentos salvíficos y constructivos de nuestra historia? La solidaridad y el trabajo forjó una amistad política de convivencia social que nos permitió echar adelante. ¿No seremos capaces de forjar juntos el fruto del sacrificio y el trabajo, superando la sospecha y sentándonos juntos a buscar soluciones?


Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo
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