El líder cubano no dejó de aplicar políticas que lo aproximan a los creyentes más tradicionalistas Fidel Castro, ¿un católico zombi?

Fidel Castro, en una imagen de 2014.
Fidel Castro, en una imagen de 2014.

El marxismo, pese a la conocida afirmación de que la religión es el opio de pueblo, es un buen ejemplo de cómo los valores de la Iglesia han conformado, de manera más o menos consciente, a la izquierda

El gran artífice de la revolución cubana fue educado con los jesuitas y después abrazó el marxismo-leninismo, pero siempre se movió dentro de la cosmovisión cristiana

Sus mentores de la Compañía le inculcaron el desinterés por los bienes materiales y el culto al martirio, a la vez que le enseñaron que los países protestantes, aunque fueran más ricos, estaban moralmente por debajo de los católicos

Supo derrotar a la Iglesia católica jugando la carta del nacionalismo, aprovechando el origen hispano de buena parte del clero, y a la vez ponía cuidado de que los revolucionarios cubanos no repitieran las persecuciones religiosas de los de México y España

No, el título de este artículo no quiere decir que Fidel Castro, de cuya muerte se cumplen cinco años este 25 de noviembre, fuera un muerto viviente que, además, profesara la fe católica. Según el sociólogo Emmanuel Todd, el catolicismo habría muerto y su fantasma habitaría en la izquierda. Sin duda el toque de difuntos resulta demasiado prematuro, pero eso no significa que los valores de la Iglesia no hayan conformado, de manera más o menos consciente, a la izquierda.

El marxismo, pese a la conocida afirmación de que la religión es el opio de pueblo, sería un buen ejemplo. La doctrina del judío alemán del siglo XIX puede entenderse como una trasposición en términos laicos de los principios de otro hebreo, el que vivió en Palestina hace dos mil años. Tanto en un caso como en el otro, lo que se predica es un mensaje de redención y de igualdad. En cuanto a los seguidores de ambos profetas, da igual si unos formaban parte de una Iglesia y otros de un partido: el grupo se convertía en portador de un mensaje sagrado basado siempre en un libro, la Biblia o El Capital. Los disidentes, por eso mismo, adquirían la categoría de herejes.  

Lula y Castro en La Habana.
Lula y Castro en La Habana.

Si hacemos un repaso histórico, observamos que la gente cambia de ideas pero no tanto de actitudes. Aunque uno puede viajar de un extremo a otro del arco político, lo habitual es mantener los valores aprendidos en la infancia. Por sorprendente que parezca, eso fue lo que le sucedió al gran artífice de la revolución cubana. Se educó con los jesuitas y después abrazó el marxismo-leninismo, pero siempre se movió dentro de la cosmovisión cristiana.

El historiador italiano Loris Zanatta, en Fidel Castro. El último rey católico (Edhasa, 2021), propone esta tesis en una biografía provocativa que sin duda dará que hablar. Fidel, según Zanatta, no sería tanto el heredero de Marx y de Engels como de los viejos reyes españoles, aquellos que concentraban en sus manos el poder político y el poder temporal. Así, como monarca, tenía la obligación de imponer la única fe verdadera. Que sería el marxismo, aunque solo hasta cierto punto. Nos hallamos ante un hombre que nunca fue demasiado ortodoxo en ningún sentido. 

File:Fidel Castro 1. Mai 2005 bei Kundgebung.jpg

Hijo de un campesino gallego reconvertido en terrateniente, Castro fue, a decir de Manuel Fraga, el antiguo ministro de Franco, un “ejemplo de hispanidad”. Durante su infancia se educó en medio de ejercicios espirituales y misa cotidiana. Así, con principios de inspiración falangista, el futuro Comandante creció en medio del culto al valor y al espíritu de sacrificio. 

Sus mentores de la Compañía de Jesús le inculcaron también el desinterés por los bienes materiales y el culto al martirio, a la vez que le enseñaron que los países protestantes, aunque fueran más ricos, estaban moralmente por debajo de los católicos. ¿Se halla aquí el origen de su profundo animosidad contra Estados Unidos? Lo cierto es que, de todos estos elementos, acabará por surgir más un romántico que un seguidor estricto del materialismo dialéctico. Portador de un claro sentido mesiánico, nuestro protagonista, antes y después, vivió su vida sintiéndose el instrumento de un fin superior. El mundo estaría lleno de matices, pero, para él, todo acababa reduciéndose a dos colores, el blanco y el negro, el bien y el mal. 

En Chile, a principios de los setenta, Fidel se reúne con un grupo de sacerdotes a los que, por supuesto, les dice lo que quieren oír: que cristianismo y marxismo están orientados en una dirección idéntica

Una vez en el gobierno, pese al antagonismo aparente entre Iglesia y Estado, Fidel no dejará de aplicar políticas que lo aproximan a los creyentes más tradicionalistas. En cuestiones de sexualidad, por ejemplo, se muestra puritano. Respecto a la homosexualidad, su condena es total. Los auténticos cubanos han de ser, sin discusión, muy machos. No olvida, a su vez, mantener una buena imagen. Cuando su hermana Emma insiste en casarse por la Iglesia, él se niega en redondo. Nada de lujos cuando aún quedan tantos problemas por resolver. Entre tanto, los católicos de la isla viven como ciudadanos de segunda mientras se les cierran las puertas del partido o las de la Universidad.  

Salvador Allende, Fidel Castro, Carlos Altamirano y Luis Corvalán
Salvador Allende, Fidel Castro, Carlos Altamirano y Luis Corvalán Biblioteca del Congreso Nacional de Chile

A principios de los setenta, el mandatario cubano viaja a Chile para visitar a otro colega socialista, Salvador Allende. Para este, su huésped será el portador de la catástrofe. En adelante, el inquilino de Palacio de la Moneda lo tendrá mucho más difícil para convencer a la opinión pública de que él es, en realidad, un moderado. Fidel no atiende a estos problemas, interesado como está en hacer propaganda de sí mismo. Por eso se reúne con un grupo de sacerdotes a los que, por supuesto, les dice lo que quieren oír, que cristianismo y marxismo están orientados en una dirección idéntica. El argentino Juan Domingo Perón, desde el exilio, hacía lo mismo con los curas revolucionarios de su país. 

“Sobre el hábito católico se cosió el de marxista”, escribe Zanatta. Su Fidel viene a ser como un catequista a grandísima escala, capaz de aprovechar cualquier situación para divulgar sus pensamientos. Y para imponer su autoridad. Supo derrotar a la Iglesia católica jugando la carta del nacionalismo, aprovechando el origen hispano de buena parte del clero, a la vez ponía mucho cuidado en que los revolucionarios cubanos no repitieran las persecuciones religiosas de los de México y España. Un poco de anticlericalismo estaba bien; pero sin exagerar, eso sí. De todas formas, una vez más resultó patente que los extremos acaban tocándose. El comunismo castrista acabó convirtiendo la isla en una especie de reducción jesuítica gobernada a base de paternalismo y jerarquía.  

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