Castillo: "La gran mayoría de los creyentes va en una dirección y los obispos en otra"

Cuando la Iglesia es vista por mucha gente como una cosa trasnochada, en las ideas que propone, en el lenguaje que usa, en las ceremonias que organiza, en las normas que impone y hasta en las vestimentas y oropeles que con frecuencia usa, y si además muchos ciudadanos ven que todo eso no sirve sino para complicarles la vida más de lo que ya está complicada, entonces pasa lo que tiene que pasar: las iglesias se van quedando cada día más vacías, los seminarios y conventos más solos, los recursos económicos escasean, la presencia social de la religión se hace problemática y así sucesivamente.

La consecuencia de todo esto es que los dirigentes religiosos y sus feligreses más incondicionales se ven arrinconados y pueden tener la impresión de que no se les quiere o están en peligro. La salida, entonces, son los comportamientos fundamentalistas. El fundamentalismo, en efecto, es "tradición acorralada" (A. Giddens). Y el que se siente amenazado, se agarra a un clavo ardiendo. Y si el "clavo", en lugar de arder, da dinero, aporta privilegios y lleva fieles incondicionales a los templos, ya tenemos la mejor explicación de lo que están haciendo los obispos españoles precisamente en estos días. Con un matiz que es fundamental.

Los obispos hacen lo que estamos viendo porque están plenamente convencidos y seguros de que es eso lo que tienen que hacer, aunque tengan que pagarlo a costa de impopularidad y otros inconvenientes importantes. Pero tienen la fundada esperanza de que los resultados de las próximas elecciones les favorezcan y así les ayuden a salir de la penosa situación en que la Iglesia se ve metida.

A mí me parece que, por el camino del integrismo religioso y la restauración de la Iglesia anterior al Vaticano II, esta Iglesia no va a ninguna parte. Porque el problema no está en recuperar la Iglesia de los tiempos de Pío XII, sino en volver a la Iglesia de los orígenes, la que nació del Evangelio y nos ha transmitido la memoria de Jesús. Eso, y no otra cosa, es lo que muchos cristianos echamos de menos en la Iglesia.

Los problemas de la familia, de lo que se enseña o se deja de enseñar en la escuela, el aborto, la eutanasia, los homosexuales, la derecha o la izquierda, todo esto puede tener la importancia que tenga. Pero mil veces más importante que todo eso es vivir como Jesús nos dijo que tenemos que vivir. Sin embargo, ahí está el problema. Lo que está pasando estos días con el libro, que ha escrito J. A. Pagola sobre Jesús, es elocuente. No puede ser casual que un libro sobre Jesús haya vendido 40.000 ejemplares en pocas semanas. Pero resulta que un libro, que tanto interesa a la gente, es sospechoso para los obispos.

Es evidente que la gran mayoría de los creyentes va en una dirección y los obispos en otra. Sin olvidar una cosa que es fundamental: Roma está perfectamente enterada de todo esto. Y no solamente lo consiente, sino que lo justifica y lo fomenta. Porque la cuna del fundamentalismo católico no está en Madrid, sino en Roma. El papa diciendo misa en latín y de espaldas al pueblo es todo un símbolo. En vez de recuperar el retraso histórico y cultural que lleva la Iglesia, su cabeza visible retrocede hasta el siglo VIII, que fue cuando empezó la misa de cara a la pared y dicha en una lengua que la gente ya empezaba a no entender.

Termino: dejemos a los políticos y a los obispos que anden a la greña según les convenga. Y vamos a tomar más en serio el Evangelio y la memoria de Jesús. Sólo por ahí puede venir la solución a la penosa situación que estamos padeciendo.

José María Castillo, teólogo.
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