Nicolás Castellanos, padrecito boliviano
En Bolivia, en Santa Cruz de la Sierra, creó, de la nada, una realidad hoy ya espléndida. Se llama Plan 3.000. Tres mil viviendas para tres mil familias, que, con el tiempo, son ya más de 20.000. Un proyecto de misión nueva. Con la implicación directa de los indígenas. Una misión integral: espiritual y humana. Ha construido un centenar de escuelas, comedores, piscinas...un teatro, una escuela universitaria. Y muchas iglesias, porque la gente le pide y también necesita sitios dignos para relacionarse con Dios. No sólo de pan...Y sobre todo, ha hecho un poquito más feliz a mucha gente. Y les está educando incluso en la belleza. Tiene una orquesta y varios coros profesionales de danza.
Nicolás, obispo sin arreos, vive en una angosta habitación de una casucha rodeada de barro a la que cariñosamente llaman Palacio. En pleno Plan 3.000. Eso sí, rodeado de su gente y de los jóvenes a los que proporciona un futuro a través de la educación.
Es uno de los profetas globales. De los pocos que quedan, junto a Casaldáliga o Raul Vera. La Iglesia debería exponerlo continuamente, como hacía con Madre Teresa...Pero Nicolás no es de la sensibilidad eclesial que manda en la institución. Es un revolucionario, un "rojillo" de Dios. De esos a los que la institución tolera y hasta admira, pero digiere con dificultad. Y, por supuesto, no promociona.
La promoción se la hace él sólo. No para sí mismo, sino para su Plan 3.000. Pronto volverá a España y a Europa. Mendigando fondos para sus pobres. Ya está acostumbrado. Nunca le ha costado pedir para los suyos, para su familia.
Todo un señor obispo de los pobres. Todo un ejemplo en una Iglesia capaz de contar en sus filas con lo peor y lo mejor. Un modelo a seguir. Un orgullo de colaborador. Un maestro.
José Manuel Vidal