El Papa Ratzinger se empequeñece para engrandecer a su amado predecesor

Dos parejas de recién casados (ellas con traje largo y diademas y ellos, de perfecto smonking) pasan corriendo a mi lado en la plaza e San Pedro. Son las 8 de la mañana y los novios, junto a otro mucha gente, corre para poder sentarse en las primeras filas, lo más cerca posible del Papa. Para que les bendiga bien y, con la esperanza, de que hasta puedan saludarlo. Es la primera audiencia pública de Su Santidad después de la macrobeatificación de su sucesor, Juan Pablo II. Y la plaza sigue llena hasta la columna central y sigue siendo del Papa Wojtyla. Su tapiz, en la fachada de san Pedro. Otro cuadro enorme suyo, a la izquierda con el "Spalancate le porte a Cristo". Y, a la derecha, los 27 cuadros de los 27 años de su pontificado. Al fondo, su escudo y su lema "Totus tuus". Y, además, se nota que sigue vivo y presente su espíritu, que revolotea por la Plaza de la que nunca se fue del todo y a la que ha vuelto, con el mismo temple e idéntica seducción, seis años después, para ser elevado a los altares.

Tras ser recibido por el cardenal Piacenza y gracias a su número dos y secretario de la Congregación del Clero, el español Celso Morga, pude asistir a la audiencia a unos pocos metros de Benedicto XVI. Bajo un sol de justicia. Me llama la atención que el Papa Ratzinger se vuelve a empequeñecer (como el día de la beatificación) para engrandecer a su predecesor amado. Se reduce, se esconde, se abaja para que el Wojtyla de la sonrisa irónica del tapiz de la beatificación crezca y siga reinando. ¡Un buen ejemplo de humildad del Papa Ratzinger!, como acaba de reconocer el arcipreste de la Basílica de San Pedro, cardenal Comastri.

A lo largo de la Historia, el Papa reinante tenía que enterrar bien a su predecesor. Para no tener que medirse continuamente con su sombra. Para poder evitar las comparaciones, siempre odiosas. Ratzinger, en cambio, no tiene miedo a las comparaciones, porque no las busca ni las quiere ni las hace. En vez de compararse, ensalza a lo máximo al Papa Wojtyla. Sin que le duelan prendas. Aunque algunos digan que la rápida beatificación de su antecesor es una forma de colocarlo en otra dimensión. Wojtyla ha dejado de ser Papa, para convertirse en beato. O ya es un Papa especial, un Papa beato, con el que no valen comparciones. Está en otra dimensión y, por lo tanto, ya ha dejado el campo libre a su sucesor. Y su sombra papal es ya menos alargada, aunque haya crecido su sombra espiritual y de beato.

Al final los novios no pudieron saludar al Papa, pero se fueron igual de contentos con su bendición. Las medidas de seguridad en la Plaza de San Pedro son más serias que nunca. Los periódicos italianos publican hoy, precisamente, de que San Pedro y la catedral de Milán van a ser dso lugares especialmente vigilados por temor a un atentado de Al Qaeda.


José Manuel Vidal
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