Restán: "Dicen que el Papa no llega a la gente”

Se extiende como un rumor, aburrido pero eficaz. Se difunde desde ese estamento difuso que Peguy llamaba con evidente desprecio “de los clérigos”, en el que forman filas tanto seglares como sacerdotes y religiosos. Dicen que el Papa “no llega a la gente”, que su mensaje es “demasiado sublime, pero inaudible”, que no consulta, que se enreda en polémicas por su afición intelectual, que no se rodea de las personas adecuadas… El rosario de este malestar tiene muchas cuentas, pero es antiguo como el mundo. Recuerdo la ironía de Pablo: nosotros somos necios a causa de Cristo, vosotros ¡qué sabios!

Y lo peor es la ceguera de estos sabios, que les impide reconocer el tesoro que tienen delante. ¿Cómo es posible leer la Spe Salvi y a continuación decir: “bueno sí, está bien, pero ahora qué”? Es como si faltara esa conmoción primera ante la verdad y la belleza, que es el inicio de todo conocimiento. Me parece que en el fondo ese malestar no se refiere tanto a Benedicto XVI cuanto a la propia naturaleza del cristianismo, como si éste fuese siempre “demasiado poco” y hubiese necesidad de traducirlo en una fórmula en función de nuestros proyectos.

La semana pasada, en un diálogo a campo abierto con los párrocos de Roma, el Papa volvía sobre ese punto al recordar que sólo podremos reedificar la tierra si dirigimos los ojos a Dios, porque sin conocer a Dios, los mejores proyectos se vuelven contra el hombre y terminan por destruir la tierra. Por el contrario, dice Benedicto XVI, allí donde el Dios de Jesucristo es acogido y seguido, con todas las debilidades y caídas propias de la condición humana, comienza a hacerse visible, ya en nuestro mundo, algo del Paraíso.

Pese a la queja cansina de “los clérigos”, el testimonio constante del Papa está siendo como un faro levantado en medio de la tormenta, tanto para los cristianos como para cuantos se preguntan por el camino justo de la vida en este momento de crisis. Tan sólo hace falta un mínimo de sencillez y deseo para vibrar con la verdad y la belleza del cristianismo original que se refleja en su palabra y en su presencia. Pero es verdad que esta conmoción primera requiere después un hogar, una compañía humana y un camino educativo que desvele todas las implicaciones del encuentro cristiano. Como les ha dicho Benedicto XVI a “sus curas” de Roma, “la amistad con Jesús no es una amistad con una persona irreal, con alguien que pertenece al pasado o que está alejado de los hombres, a la derecha de Dios, sino que Él está presente en su cuerpo, que es un cuerpo de carne y hueso: es la comunión de la Iglesia”.

¡La sed de Dios permanece!, y se expresa de tantas maneras a nuestro alrededor. Pero algunos prefieren esperar sentados, con su resabio a cuestas y sus sabias fórmulas nunca estrenadas o mil veces fracasadas, mientras critican a Pedro porque demuestra cada día el ingenuo atrevimiento de la fe: “comencemos nosotros, construyamos comunidades en las que se refleje la Iglesia, aprendamos la amistad con Jesús… y así, llenos de esta alegría y de esta experiencia, podremos, también hoy, hacer presente a Dios en nuestro mundo”. Y les parece poco.


José Luis Restán, director de contenidos de la cadena Cope
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