El "barrendero de Dios" no se cansa y quiere dejar limpia su Iglesia

Benedicto XVI, el Papa barrendero de Dios, sigue empeñado en acabar con la lacra de las "manzanas podridas" del clero. Y lo hace con palabras, hechos y leyes. Porque la carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe tiene fuerza de ley y valor normativo. Y, para conseguir una limpieza total pone a su paso a toda la Iglesia universal y exige a cada una de las conferencias episcopales que, de aquí a un año, tengan elaboradas guías de actuación claras, rápidas, eficaces y contundentes.

La carta de Doctrina de la Fe se nuclea a mi juicio, en torno a tres principios: la ayuda a las víctimas, la selección de los aspirantes al sacerdocio y la cooperación con la justicia civil.

Las víctimas ocupan el centro del corazón de la Iglesia. Como tiene que ser. Ellas, como todas las otras víctimas, son las preferidas de Cristo. A ellas tienen que ir los desvelos de la Iglesia. Espirituales, psicológicos, materiales...

Era urgente una mayor selección de los seminaristas. Todos conocemos seminarios en los que se hacía la vista gorda, para aumentar las estadísticas, por las que se solía medir el éxito o el fracaso de la pastoral de un obispo o de una diócesis. Frenos, controles, selección, incluso con la ayuda de psicólogos. Para prevenir y detectar, desde el seminario, a los eventuales pederastas.

También urgía acabar con la sombra del encubrimiento o del tan manido "lavar los trapos sucios en casa". Porque, ante la pederastia, no cabe esa actitud. Porque, además de un horrendo pecado, es un delito. Y el Papa quiere que los obispos colaboren con la Justicia civil. Eso sí, denunciar a los tribunales ordinarios de justicia sin poner en entredicho el secreto de confesión. Es decir, tolerancia cero, pero también derecho a la presunción de inocencia y, por supuesto, derecho a la defensa que todo victimario tiene.

El "barrendero de Dios" no se cansa y quiere dejar limpia su Iglesia. Cueste lo que le cueste.

José Manuel Vidal
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