El «caldito» del Nuncio, ¿una jugada socialista de libro?

Todo empezó tras la manifestación del 30 de diciembre a favor de la familia. El Gobierno se sintió agredido y arremetió brutalmente contra la Iglesia, en especial contra los cardenales Rouco y García Gasco. Intentó la jugada de presentar ante los españoles la idea de que la Iglesia está dividida: habría una dialogante y próxima al PSOE -el propio Zapatero citó por su nombre a Blázquez y al nuncio, con el cual ya dijo entonces que se iba a tomar un «caldito», y el embajador de España ante la Santa Sede dijo que el Vaticano estaba disgustado con la manifestación-, mientras que habría otra Iglesia, politizada y vendida al PP, que ataca sin motivos al Gobierno.
Esa jugada, sin embargo, sufrió un durísimo golpe: la nota hecha por la Conferencia Episcopal de cara a las elecciones. Ésta demostraba una rara unanimidad entre los obispos: no se puede votar a un partido que está aplicando unas políticas nefastas en cuestiones de familia, vida, educación y diálogo con los terroristas. El PSOE se dio por aludido y su reacción fue todavía más brutal, llegando a decir públicamente que si ganaban iban a castigar a la Iglesia con la modificación de los Acuerdos Iglesia-Estado.
En este contexto de insultos y agresiones a la Iglesia se va a producir la comida en Nunciatura. Es muy significativo que haya sido trasladada del martes inicialmente previsto al jueves, lo cual le hace estar más próxima al Consejo de Ministros; eso permitirá a alguien del Gobierno responder, en la rueda de Prensa, a una pregunta previamente pactada; en esa respuesta se volverá a decir que los socialistas son muy buenos amigos de la mayoría de los católicos -como avala el hecho de la foto que ese mismo día, viernes, estará en todos los periódicos y que presenta a un Zapatero sonriente dándole la mano nada menos que al representante del Papa-, pero que el problema lo tienen con los obispos que prefieren apoyar al PP antes que servir a los verdaderos intereses de la Iglesia.
La jugada es de libro, pero para ser perfecta necesita dos cosas. Una, que nadie se hubiera dado cuenta, lo cual no va a ocurrir pues, con tiempo suficiente para prevenirla, ya la estamos denunciando. Otra, que el nuncio colabore en ella. Monseñor Monteiro es un hombre de gran bondad. Ha trabajado todos estos años, desde la discreción, al servicio de la Iglesia en España. Estoy seguro de que si no ha salido a defender a los cardenales injuriados, guardando silencio incluso cuando se decía que el Papa estaba molesto con ellos, ha sido por una exquisita prudencia que, quizá, le ha llevado a pensar que convenía mantener una puerta abierta al diálogo diplomático. De alguna manera, aunque él estaba implicado porque el embajador de España ante la Santa Sede sí hablaba y eso exigía una respuesta, hasta ahora su silencio ha tenido justificación.
Pero ahora la manipulación del Gobierno le afecta a él de lleno. El objetivo es bien claro: utilizarle, como representante del Papa en España, para desautorizar a la Conferencia Episcopal y para lanzar este mensaje: los obispos españoles no están en sintonía con Benedicto XVI, están politizados y hay que ignorar sus recomendaciones. Muchos, por supuesto, no lo creerán, pero otros sí, quizá por desinformación o porque les interese creerlo.
Ante esta situación, lo que circula en distintos ámbitos de la Iglesia, que ven lo que está pasando con gran preocupación, es que sólo quedan dos opciones. Una, que no se celebre la cena, lo cual sería lo mejor, pues la simple foto de Zapatero con el nuncio es publicidad política de alto voltaje y puede interpretarse como una desautorización al Episcopado.
Otra, que, si la cena se lleva a cabo y, para colmo, el Gobierno intenta presentar ante la opinión pública una Iglesia dividida, el nuncio intervenga inmediatamente para mostrar el pleno apoyo del Papa a los obispos españoles y en especial a los dos cardenales directamente afectados. De lo contrario estaríamos ante una situación gravísima: el representante del Papa habría sido manipulado para apoyar, aunque sea implícitamente, a un Gobierno que maltrata a la familia, que ataca a la vida, que quita a los padres el derecho a educar a sus hijos y que eleva a los terroristas a la categoría de interlocutor político. Dios quiera que eso no ocurra.
Santiago Martín , sacerdote y escritor(La Razón)