Estoy en camino

El camino de nuestra vida es desgraciadamente una sucesión de despedidas. Seres queridos, personas con las que hemos tejido lazos de amistad y compañerismo, son arrancadas de nuestro lado por el hachazo inexorable de la muerte. Y cuando uno va acumulando años, como es mi caso, se pregunta si no tiene al otro lado más gentes conocidas que acá. Y esos momentos de decir adiós nos aportan una sensibilidad especial para captar mejor el sentido de nuestra existencia y para profundizar en las relaciones con nuestros semejantes.

A la salida de un funeral por un amigo recientemente fallecido, tuve dos encuentros que motivaron estas reflexiones. El primero con una persona de la cual había olvidado hasta su nombre. Recordaba haber tenido con él contactos intensos en la época de la transición. Pero lo que no se había borrado en mi recuerdo, era su imagen de persona de bien, firme en sus convicciones. Me acerqué y me presenté, me dijo que me leía, pero que no estaba de acuerdo en el 90% de lo que decía. Agradecí su sinceridad y resalté ese 10% que compartíamos y el ánimo sereno para razonar nuestras discrepancias.

Intercambiamos puntos de vista distintos sobre ciertas opiniones eclesiales, recientemente vertidas por mí. Frente a ese relativismo liberal que sólo coincide en el hecho de disentir sin exigir un mínimo esencial de valores compartidos, creo que sin ese mínimo se hace imposible cualquier diálogo. Más me preocupa que alguien me diga que está de acuerdo conmigo en todo. No acabo de creérmelo. Máxime porque en mi búsqueda constante de la verdad, me reservo siempre el derecho de cambiar de opinión, cuando encuentro razón para ello. Si repaso escritos antiguos míos, siempre encuentro motivos de crítica para pensar, eso no lo diría hoy o lo diría de otra forma, con menos énfasis y con un ribete de sonrisa escéptica.

También saludé a un amigo al que admiro sinceramente por su generosidad y espíritu de servicio a los demás. Su vida es para mí un ejemplo a imitar. Está atravesando lo que en el lenguaje tradicional de la ascética cristiana se llama una crisis de fe. Y la vive con un desgarramiento interior, con un sufrimiento que me conmueve. Documentos de ciertas jerarquías eclesiales le hirieron profundamente y agravaron esas dudas surgidas de la contemplación de las imperfecciones de la naturaleza que sacuden trágicamente a tantos seres humanos o de tantos sufrimientos del hambre, de las guerras, de tantos crímenes que Dios tolera. ¿Acaso no es omnipotente o no es Padre?. Ante esto se cierra y no espera nada más allá de la muerte. Sólo entiende su vida para hacer felices a los demás. Repetí los viejos argumentos de la imperfección de lo finito y del respeto absoluto a la libertad de los humanos. Me sentí impotente, compadecí su sufrimiento y le ofrecí el cariño de mi amistad profunda.

De regreso a casa, medité. Me sentía conmovido por las vivencias que habían sentido aquella tarde. El amigo fallecido, los dos encuentros los puse en manos del Señor. Tengo las mismas dudas que cualquiera, pero sigo adelante. En épocas de sufrimiento de mi vida he experimentado la paz que brota de saberse amado más allá de toda medida. Y en estos momentos estoy empeñado en la tarea de no juzgar.

Recuerdo la anécdota que nos contó Fidel Aizpurúa de cuando Francisco de Asís que por fidelidad evangélica había abrazado la pobreza absoluta al ser interrogado por el Romano Pontífice sobre qué opinaba de su vida en medio de la riqueza, respondió humildemente: sin juicio, sin juicio. Me falta muchísimo para ello. Leí hace poco que Albert Einstein jugaba que las características de su época eran la imbecilidad, el miedo y la codicia. Creo que también son de la nuestra (origen y prolongación de la crisis) y de toda la historia de la humanidad. Se dan, en mayor o menor grado, en todos los seres humanos, también en mí. Por eso, también, he de renunciar a juzgar las intenciones de las personas.

Esto no quita para saber que según el mensaje del Rostro Humano de Dios y Rostro Divino del hombre, aquel judío llamado Jesús de Nazaret, Dios, su y nuestro Padre, no es imparcial, ha tomado partido por todas las víctimas. Y quienes queremos seguirle no podemos traicionar ese partido, el de los últimos, los perseguidos y vencidos de la historia y de la sociedad. Reclamar contra la injusticia, la opresión y toda suerte de discriminación (y peor cuando se invoca el mismo nombre de Dios para justificarlas) es nuestra tarea inexcusable. Acabar con la impunidad no es óbice para ser testigos del Perdón, La indignación contra el mal, raíz de toda ética, hemos de compatibilizarla con la ternura hasta con los asesinos... Difícil pero el ejemplo de Jesús en Cruz es claro.

Pedro Zabala
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