El laicismo se empeña en imponer una relectura y reescritura de la historia

No me atrevo a decir que el acoso sufrido por el Papa el pasado 17 de enero, cuando tuvo que renunciar al acto para el que fue invitado por la Universidad de Roma, responda a un calendario de hostilidad programada contra la Iglesia Católica. Pero en esta era de la globalización, tanto la mentecatez más perversa como la mezquindad más ruin son objeto del famoso “efecto llamada”: mentecatos y mezquinos que se dan “ideas” mientras contradicen con sus propios hechos aquello que presuntamente dicen defender.

El laicismo en boga (no la legítima laicidad) se empeña en imponer con medidas legales y sistemas educativos, una relectura y reescritura de la historia, sustituyéndola por otra que se ajuste a su cosmovisión. Sobran los actores que ellos echarán del escenario, por haber perdido los papeles en el gran teatro del mundo de su modernidad. Y así, vienen sistemáticamente expulsados, perseguidos, amenazados, ridiculizados o ninguneados, cuantos puedan ser adversarios culturales, mediáticos, políticos o religiosos.

El laicismo quiere engendrar otra realidad, barriendo con resentimiento todo cuanto del pasado o del presente indique una forma de vivir y de ver las cosas que no coinciden con ese futuro que él quiere con estas trazas forjar. No les asiste la búsqueda del bien, rastreando humildemente con otros buscadores los caminos mejores, sino la búsqueda del poder en todas sus formas. Un poder que usará cualquier modo para contar la realidad en beneficio de sus intereses económicos, de sus pretensiones culturales por nihilistas que sean, y de su hegemonía política a costa de todo y de todos.

Un analista de la realidad, leal con la razón y apasionadamente creyente como es J.L. Restán, ha dibujado con su pluma cristiana el panorama que se entrevé en ese suceso romano contra el Papa: se trata del mismo Papa que “propuso cordialmente en Ratisbona ensanchar la razón, salvarla de un reduccionismo que deja fuera de su ámbito las grandes preguntas sobre el sentido de la vida, sobre el bien y el mal, y sobre el destino del hombre... Pero en realidad, la reacción de esta vanguardia laicista no resulta tan extraña. Está movida por el miedo a que un hombre de Iglesia, que representa todo lo que ellos han querido combatir, demuestre a las claras que es más moderno que ellos, que valora más que ellos la razón y el diálogo, que mira con más seriedad y estima la profundidad de ese misterio que es la vida humana… Unos agitadores inspirados en las viejas tácticas de la movilización revolucionaria, y alimentados por el laicismo estúpido y violento de un grupo de profesores, han logrado impedir un acontecimiento de auténtica civilidad. Es una triste derrota de la libertad y de la convivencia, y un triunfo del nuevo fanatismo que recorre Europa”.

Es “el miedo a la verdad y a la libertad”, como ha subrayado G.M. Vian, director de L’Osservatore Romano, lo que ha hecho peligrosamente ridículo este atentado moral al Papa. Pero el domingo pasado, con la plaza de S. Pedro llena de gente, el Santo Padre dijo en el ángelus cómo le une al mundo universitario “el amor por la búsqueda de la verdad, el diálogo franco y respetuoso de las recíprocas posiciones. Todo esto también forma parte de la misión de la Iglesia, comprometida a seguir fielmente a Jesús, Maestro de vida, de verdad y de amor. Como profesor, por así decir, emérito que ha conocido a tantos estudiantes en su vida, os aliento a todos, queridos universitarios, a respetar siempre las opiniones de los demás y a buscar, con espíritu libre y responsable, la verdad y el bien”. Hermosa lección en estos días del profesor Josef Ratzinger, nuestro amado Santo Padre Benedicto XVI.

Recibid mi afecto y mi bendición.

Jesús Sanz Montes, ofm Obispo de Huesca y de Jaca
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