Contar con el dolor


Impresiona siempre la manera cómo gente santa ha afrontado el problema del dolor y de la misma muerte. Me encanta leer testimonios de estos hombres valientes y llenos de fe. Me sirven de reflexión personal. Creo que a todos nos pueden alentar estos ejemplos a llevar una vida con mayor alegría y paz.


San Francisco, el de Asís, animaba a cuantos le rodeaban a sufrir con Dios y con la esperanza del cielo. Les solía decir: "Tanto es el bien que me aguarda que endulza toda mi pena. Padece, cuerpo mío, porque día llegará en que estarás impasible a toda pena, lleno de placer y más lúcido que el sol. Ojos míos, no miréis vanidades terrenas; porque pronto miraréis las bellezas del paraíso."


Cuando afrontamos el dolor ocurre en todos un movimiento instintivo de rechazo. Afortunadamente hoy contamos con una serie de recursos para paliar el malestar de la enfermedad. Nadie elige el dolor por gusto. Pero la Providencia de Dios nos lo envía. A pesar de todos los analgésicos y de todos los inventos modernos; a pesar de que el mismo Jesucristo pasó por su vida terrena curando enfermos, el dolor se hospedará en nuestras vidas. Dios quiere por medio del sufrimiento purificarnos. Desea que elevemos nuestros ojos a El.

Hemos de darnos cuenta de que estamos aquí como huéspedes y peregrinos. Nos aguarda una patria grande, una "casa no hecha por mano de hombre." Y para que advirtamos la realidad, para que deseemos esta morada eterna, Dios ha dispuesto que en esta vida no nos hallemos del todo felices y frecuentemente con dolor. Si aquí todo nos saliera viento en popa, ¡qué pronto olvidaríamos nuestro destino eterno!


Solía decir Ignacio de Loyola: "¡Qué pequeña me parece la tierra cuando miro al cielo." Y San Pablo: "Para mí la vida es Cristo, y la muerte ganancia." (Fil. 1,21)


Estemos enfermos o sanos: vamos a procurar mantener siempre presente nuestro destino eterno. ¡Qué relativas nos van a parecer entonces las dificultades de esta vida!


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