Don Miguel Sola, enfermo ideal: antes fue Vicario General y gran párroco

A comienzos del año 2000 y con 90, abandonaba este mundo hacia la eternidad Don Miguel Sola. Escribir sobre él llenaría muchos folios, porque Don Miguel ha sido un sacerdote de categoría excepcional. De esos que merecen caminar hacia la gloria de Bernini, pero él no fundó nada y lo va a tener más difícil.
El prestigio de este santo sacerdote como párroco de Estella, difícilmente podrá ser emulado. Pero hoy me fijo en su debilidad, porque, si en su vida pastoral escaló peldaños de líder de primera, en su reclusión forzosa de casi treinta años, se ha encaramado por la escala de la santidad. ¡Ejemplo de pastores, ejemplo magno de enfermos!
Cuando a uno le ataca una dolencia irreversible en la plenitud de su vida, corre el peligro de encerrarse en ostracismo egoísta y convertirse en un amargado. A nuestro santo sacerdote ni siquiera le pasó por la mente esta tentación; fue útil hasta la última hora. Y fue valioso por su oración, pero también por su trabajo constante.
El paseo por la huerta de la Casa de Ejercicios lo aprovechaba para rezar. Por prescripción médica había de caminar varias horas durante el día para combatir su progresiva paralización, y aquellos largos paseos los convertía en pausada contemplación de los quince misterios del rosario todos los días. Sus delicias eran permanecer horas junto al Señor; unas veces en lectura espiritual, otras en adoración y petición constantes.
"No me puedo permitir el lujo de perder el tiempo", me decía cuando cumplió los ochenta años. Y con su andar dificultoso visitaba enfermos, atendía a las religiosas, estaba a punto siempre para entregarse al ministerio de la confesión.
Eran muchas personas las que seguían acudiendo a él como padre y consejero espiritual. Lejos quedaban los años de Párroco y de Vicario General de la Diócesis, pero pocos saben que él se encontraba más feliz en su retiro activo: "No me puedo quejar de nada; el Señor ha sido bueno conmigo. Todavía puedo ser útil; además no tengo ningún dolor; solo me muevo con dificultad. Me encuentro muy feliz".
Y entre Rosarios y Misas seguía atendiendo a su "feligresía" por escrito y de palabra y ejemplo. Porque Don Miguel Sola escribió muchas cartas durante esta larga época de su vida. Y todas ellas eran de aliento espiritual, de sabio consejo.
Don Miguel, que el Señor dé fruto ahora desde el Cielo a todo el bien que has hecho en tus noventa años de vida terrena; que cunda tu ejemplo en cuantos padecemos las limitaciones de la enfermedad o de la edad.
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