Todos los del clero navarro le llamábamos, Epi. Su nombre familiar. He tenido la suerte de ser amigo de él la mayor parte de su vida. Podía escribir un libro entero: nos conocíamos mutuamente en nuestras virtudes y defectos. Epi tenía muchísimas más virtudes que malas cualidades, pero hay algunas en que destacó más.
Nuestro amigo falleció a finales del 2007, el 14 de Noviembre. Tenía casi 81 años y no hubo de guardar cama. La víspera de su óbito estuve con él en una conferencia que impartía el nuevo Arzobispo de Pamplona, Mons. Francisco Pérez González.
A todos cuanto asistimos nos llenó el corazón de esperanza este prelado, porque hablaba desde su experiencia de fe. Creo que el fruto que consiga en Navarra ha de ser pingüe. Pues bien, veinticuatro horas más tarde, después de haber asistido Epi a otra conferencia en el mismo salón de actos del Seminario, al subir a su habitación para comer, entregó su alma al Señor. Pero ¿quién era Epi y en qué destacó?
Había nacido de Roncesvalles el 25 de noviembre del año 1926; había sido sastre de profesión; pero después del servicio militar, ingresó – al final de la década de los cuarenta – en el Seminario de Pamplona. Él era mayor y residía en la facultad de Teología con los mayores, aunque asistía a clase con nosotros, los que comenzábamos a aprender la lengua del Lacio. La verdadera amistad con sus compañeros empezó cuando nosotros mismos llegamos al Seminario Mayor. Lo veíamos un hombre profundo; lo suyo era la espiritualidad y el estudio. Destacó sobre todos en las ciencias exactas: era un lince para ello.
Su ilusión por el sacerdocio, enorme. Se preparó a conciencia. Tenía otro hermano mayor también sacerdote. También de mucha talla espiritual. El pobre, cuando preparaba su viaje como misionero a América del Sur, falleció en un postoperatorio de estómago. Epi lo lloró. Nosotros le consolamos. Y entonces formuló el propósito de marchar pronto a donde no pudo ir su hermano: a la evangelización de Hispano – América.
Celebró su primera Misa con gran fervor en el año 1958. Su madre era muy anciana y pensó en acompañarla, junto con su hermana, siendo párroco de unos pueblecitos cercanos a Pamplona. Residía en Juslapeña. Allí creó una nueva casa parroquial. Allí pastoreó con ilusión sirviendo varios pueblos pequeños. Allí teníamos nuestros desahogos espirituales en nuestras frecuentes visitas. Murió su madre; contrajo matrimonio su hermana, y entonces decidió marchar a Maracibo a misionar.
EN MARACAIBO – VENEZUELA
Junto a otros cuatro sacerdotes navarros misionó durante más de veinte años aquellas tierras, en las que hubiese querido dejar los huesos. Estaba enamorado de aquellas gentes a quienes quería en el Señor y en su manera de ser. Se había involucrado del todo en el tema misionero. Destacó sobre todo en su generosidad. Él había de socorrer no solo en lo espiritual, también en lo material. Todo lo daba, nunca ahorraba. Vivía la pobreza evangélica con total entrega. En esto destacó Epi. Nunca se preocupó del porvenir: "La Providencia" – decía – proveerá. Estoy seguro". He conocido a muchos sacerdotes buenos y generosos. A ninguno tan totalmente desprendido de lo propio como a Epi.
Cada dos o tres años hacía un viaje por España. En alguna ocasión pasó varios meses para reciclarse intelectual y espiritualmente. En la década de los ochenta estuvo en Vitoria. Aprovechó para practicar un curso de actualización teológica.
CON EL PADRE JOSÉ RIVERA
Pero en aquellos años, sobre todo se recicló en lo espiritual. Su fervor casi innato en él adquirió una nueva dimensión al ir a Toledo a practicar Ejercicios Espirituales con el Padre José Rivera, cuya fama de santidad sigue hoy y está introducida la causa de canonización. Los practicó cara a cara con él. Los aprovechó – iba a decir – de una manera sublime. Si hasta entonces había sido generoso y desprendido, desde entones, mucho más. Su fervor ya era total: vivía como un santo. Dedicaba más de dos o tres horas a la oración. Su ilusión, volver a Maracaibo, donde quería dejar sus huesos. Y regresó, y permaneció allí cuatro o cinco años más. Cuando volvía a nuestra tierra, su conversación eran sus fieles: aquellas personas a las que tanto quería y tanto se desvivía por ellas en el aspecto espiritual y humano.
REGRESO DEFINITIVO A ESPAÑA
Volvió a España. Aquí no terminó de encontrar su ambiente y regresó otra vez. Pero en esta ocasión no permaneció mucho tiempo. Me parece que un año. La edad iba haciendo efecto en su salud. Y volvió de nuevo a Pamplona. Ejerció como coadjutor en la parroquia de Barañáin con don Domingo Aranguren, pero pronto murió aquel párroco celoso y bueno. Después marchó Epi a Cadreita. Con gran celo, con gran ilusión renovada. Allí se desvivía por los pobres. Llegó a meter en su casa a un matrimonio emigrante hasta que encontró trabajo y domicilio propio. Lo mismo hizo con algunos otros más tarde. Él no apreciaba el dinero más que como medio de hacer el bien. Un día me dijo: "Nunca he tenido tanto dinero como hoy". Y su "gran" capital era el necesario para cambiar su coche que estaba ya muy viejo y lo necesitaba. Después, otra vez sin "blanca". Lo suyo no era gastar a lo loco, no, sino dar.
La enfermedad iba haciendo mella en Don Epifanio. El corazón comenzó a darle sustos. Todavía sirvió durante varios años unos pueblecitos próximos a Pamplona y residió en uno muy pequeño: Inbuluzketa, hasta que no pudo más y tomó como residencia el Seminario.
Y ya hemos contado lo rápido de su muerte, en el mismo lugar en que habitó durante sus largos años de formación. Epi, gracias por la lección de desprendimiento y generosidad que nos has dado. Gracias por el ejemplo de vida de oración que has sido para todos. Aguárdanos en el Reino de Dios. Esperamos que te encuentres gozando de Aquél que desde tu juventud te robó el corazón.