Pretender tener oración sin mortificación, es lo mismo que aspirar a ser deportista sin practicar entrenamientos.
Si recorremos la vida y los consejos de San Juan de la Cruz, Santa Teresa y todos los autores de mística, continuamente nos están repitiendo la necesidad de renuncia, mortificación. Jesús también nos insiste: "El que quiera venir en pos de mí, tome su cruz y sígame."
La mortificación y la oración son los dos medios seguros para avanzar en la vida espiritual.
Es necesario que anden juntos los dos. La oración ya lleva su dificultad. El practicarla con fidelidad constante, ya lleva sacrificio. Y precisamente si uno carece de espíritu de sacrificio, como cuesta ponerse a orar, con facilidad huirá de la oración al rehuir el sacrificio.
El hombre mortificado, se encuentra más espiritual; por eso le resulta más agradable la oración. Si un ave lleva las alas con barro, difícilmente podrá subir a mucha altura, ¿qué será de mi alma, mientras se encuentre con tantos apegos de cosas materiales?
La oración sin sacrificio la consideran todos los libros de espiritualidad como algo sospechoso. A ver si nos animamos cada vez más a buscar los sacrificios voluntarios y a saber aceptar los casuales.
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