María y los enfermos
Me gusta recordar mis visitas a los santuarios marianos de los días de peregrinación. A veces miro las fotografías del acontecimiento; contemplo las imágenes en las postales que adquirí; pienso en la oración practicada allí, en mi estado de ánimo de entonces, en las circunstancias de aquella visita mariana.
En los grandes ratos de soledad del enfermo, ¡qué bueno dedicar unos minutos los sábados, o en el mes de mayo, a disfrutar con el pensamiento de las horas pasadas junto a la Madre. "Bajar a Betania" llaman hoy al hecho de actualizar imaginativamente nuestras experiencias gratas espirituales. Merece la pena penetrar así con frecuencia en nuestro mundo interior. Me consta que la añoranza de horas felices junto al regazo de María ha sido origen frecuente de verdaderas conversiones.
Consideramos como muy buena costumbre disponer en la mesilla del enfermo de una estampa de la Virgen o de una pequeña estatua que inspire devoción. No como si se tratara de un amuleto "milagroso", sino como fotografía de una realidad: nuestra Madre que nos protege desde el cielo. ¿Has hecho la prueba alguna vez? Resulta más eficaz rezar el Ave María o el Rosario entero, mirando la imagen de la Virgen que andar vagando con los ojos por las paredes.
Y si llega el dolor, es verdadero consuelo tener cerca de nosotros la efigie de María o el crucifijo. Ella sufrió al pie de la cruz. ¿Quién mejor podrá paliar nuestra desazón y angustia?
¡Qué bien expresaba la presencia mariana en el dolor el poeta José Mª Fernández Nieto!: "Sí. Sí que está junto a la cruz valiente en pie; rota por dentro, pero entera,- madre consoladora y enfermera¬ que ante el dolor, muy pronto se la siente."
Tal vez recuerdes ahora aquellas letanías que tantas veces has recitado después del Rosario. Cada una de las invocaciones son breves jaculatorias a la Virgen, verdadera oración por impulsos. En los momentos de dolor o en los ratos de soledad, consuela repetir despacio y con gran confianza: "Salud de los enfermos; consuelo de los afligidos; estrella de la mañana, ruega por nosotros."
María nos escucha desde el cielo. Ella llevará junto al corazón de su Hijo nuestras preocupaciones, temores y deseos. Y el auxilio divino descenderá a nuestras almas, porque Dios es misericordioso, nunca cruel. Y quiere para nosotros la salvación total y eterna.
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