Querido Señor obispo de habla hispana: ¡Amar, amar mucho! Le preguntaba a San Juan de Ávila un sacerdote: "¿Qué he de hacer para ser un gran predicador?" El santo le contestó: "Amar mucho". La palabra de Dios cuando sale de un corazón sin gran amor a Dios, algo mueve. Pero si sale de un alma muy amante de Dios, arrastra. Esa es la realidad.
Incluso logra conversiones. La gente mira con indiferencia los sermones, porque no hay amor en quien predica. El apostolado es fructuoso después de haber orado. San Pedro Julián Eymard movía a las gentes. Invariablemente permanecía una hora entera en oración antes de predicar. Además preparaba su sermón, envuelto también en un clima de oración. Si queremos que el Pueblo vuelva a la fe, orar, amar a Dios con toda el alma, amar nuestros prójimos. No hay otro remedio: santidad.
José María Lorenzo Amelibia
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