Obispos. Menos distintivos

Querido señor obispo de habla hispana: Ayer vi en el museo diocesano la exposición de retratos, mitras, pectorales y báculos de todos los obispos que durante siglo y medio han desfilado por aquella ciudad. De verdad, sentí vergüenza cristiana.


Jesús, el hijo del carpintero, el artesano, el que no tenía donde reclinar su cabeza, vivió en sencillez, junto al pueblo, predicando, dando su vida. Y este Jesús era el Hijo de Dios. Mientras tanto los sucesores de los apóstoles dejan como recuerdo a la posteridad sus dignidades humanas: vestimentas, perifollos, joyas, su imagen con frecuencia severa, distante y adusta.
El último de los obispos vestía como sacerdote normal, con la sola distinción de un pectoral, y su báculo era de palo.

Es hora, señor obispo, de que deje – si todavía lo conserva – ese boato pueril, engañoso y efímero. Que el discípulo no debe de ser más que el maestro; y Jesús fue todo sencillez, amor y entrega. No apareció como poderoso, a pesar de ser Omnipotente.

Hablad desde el fondo del corazón; que deseáis ser buenos, acertar, ser santos. Que se algo que fluya en vuestra conversación, en vuestra manera de vivir. Es algo que conviene recordar siempre, porque la soberbia aflora con frecuencia en nuestras almas y es preciso dominarla: "Qué tienes que no lo hayas recibido, y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?" (1ª Cor, 4, 6)


José María Lorenzo Amelibia
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