Ya se ha casado aquella pareja feliz. O tal vez varias décadas cubren vuestro amor. De todas formas ha comenzado la realidad, los días iguales, las alegrías sencillas, los sacrificios cotidianos, la espera del primer hijo, ¡o del cuarto!
Es importante desde los primeros años del matrimonio - los más difíciles - disfrutar de un buen carácter para la convivencia. Esto lleva consigo vigilancia constante de sí mismo. Es preciso renunciar a hacer lo que a uno le viene en gana, a tratar al compañero o compañera con abuso de confianza. ¡Los más allegados no deben recibir lo peor de nosotros mismos! En una palabra, renunciar al primitivismo temperamental.
Querámoslo o no, las personas que comparten su vida con nosotros sufren una serie de impresiones desagradables que, por la misma naturaleza del ser humano, son inevitables. En compensación a todo esto debieras esforzarte por entregar a ellos lo más exquisito de tu trato, delicadezas, atenciones, regalos. Este proceder no indica desconfianza. No se trata de cumplidos diplomáticos, sino de elegir siempre lo mejor para el otro consorte que ha decidido compartir su vida contigo. Muchas rupturas son debidas a olvidar estos principios elementales.
El matrimonio de católicos se convierte en escuela de formación humana, ascesis cristiana, finura en la virtudes. Cierto que la juventud debiera ser una preparación para la convivencia, y nadie, dotado de un mal carácter, debiera acceder al matrimonio, a no ser con decisión inquebrantable de iniciar la tarea de su formación humana cuanto antes. Es preciso aprender a convivir.
Vida Espiritual
Desde el comienzo tomad sobre vosotros el compromiso de las prácticas de piedad que ayuden a vivir el sacerdocio común de los padres de familia. Si todavía no lo habéis hecho, tratadlo cuanto antes; urge. Con serenidad decidíos a hacer unos Ejercicios Espirituales en completo retiro, a poder ser antes de que vengan los hijos. Que vuestra vida adquiera toda sus trascendencia cristiana. Unidos en la fe, comprometeos a un mínimo de actos piadosos: lectura espiritual, examen de conciencia, ofrecimiento de obras, oración auténtica.
Estamos acostumbrados a considerar comunidad religiosa, el conjunto de varias personas que han consagrado su vida a Dios con los votos de pobreza, castidad y obediencia. El matrimonio, la familia cristiana, puede de hecho constituir auténtica comunidad religiosa, sin votos, sin reglas, bajo la dirección de los esposos. Por algo el Vaticano II la ha llamado "Iglesia Doméstica!.
José María Lorenzo Amelibia
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