Muchas veces queremos todo. Pretendemos buscar nuestro consuelo en las criaturas; nuestras compensaciones en entretenimientos, comidas, prestigio. Y suspiramos por encontrar a la vez sólo en Dios nuestro refugio.
¡Qué a gusto pronunciamos los salmos! Pero la realidad es que cuando el hombre no busca su consuelo en las cosas de aquí, entonces lo encuentra en Dios.
Merece la pena purificar en todo momentos nuestra intención, guardar nuestro corazón para Dios, amarle de corazón, complacerse en conversar con El, gozar de su paz en el retiro del sagrario o del monte.
Esto no quiere decir que vamos a ser huraños e indiferentes a la amistad o al amor humano. Todo lo contrario. Pero siempre lo primero sea El. A El sólo adorarás. Durante varios meses leo todo lo relativo a la contemplación en el P. Arintero. Da gusto pensar que en este estado los actos de amor a Dios son frecuentes y llenos de paz.
Esto permite seguir durante el día en la misma actitud que en los ratos de oración. Una especie de oración prolongada. La pureza de intención es del todo normal.
Para esto es necesario disponerse con la mortificación, con los pequeños sacrificios voluntarios o aceptados. Y junto a todo, el recogimiento. Olvidar lo sensible para tener la vista siempre fija en Dios.
Cuánto ayuda a vivir así el ejemplo de almas fervorosas. Su palabra caliente, siempre anima. Y cuánto ayudad también - y esto sí que está en nuestras manos- la lectura de alguno de los muchos libros de ascética y mística, de vidas de santos o de espiritualidad.