EN LA SALA DE UN MONASTERIO

Me encuentro en la sala de un monasterio, escondido entre montañas, escuchando a un joven liturgista que se llama Aurelio. Nos dice cosas muy bellas y profundas en torno a la Eucaristía, en su aspecto de sacrificio y celebración. Me agradaría saborear y expresar cada idea vertida, una a una, para hacerlas vida de mi vida, porque lo relativo a Jesús en el Sacramento, más que para decirlo es para gustarlo.

El liturgo así nos definía la Misa: "El misterio pascual de Cristo celebrado en una acción litúrgica para la vida de los cristianos". ¡Casi nada! Es mejor que repitas la definición por si, a la primera, no has conseguido captarla en su profundidad. Cada palabra es un mundo, universo entero donde se pierde nuestra sensibilidad cristiana.


¡Con razón! Se trata del sacramento central del catolicismo. Misterio pascual que me dice alegría, marcha hacia Dios, superación de obstáculos, aliento en mi caminar diario, superación de dificultades, esperanza grande, misterio de fe.

Porque aquí las apariencias engañan: no se trata de ofrecer pan y vino; es Jesús mismo a quien tocamos, a quien palpamos, a quien comemos: pasión divina de amor. En Él estamos centrados con fe total, con atención plena; sin la rutina de la repetición. Participamos en la Misa con temblor de embeleso, sin poder acostumbrarnos a tanta maravilla.

Con razón decía desde su atalaya nuestro hombre espiritual: "Es necesario superar el sentido de cumplimiento". ¡Eso, superarlo! Ir muy por encima, porque se trata de una exigencia de amor. Por supuesto, poner todos los medios para estar atento. Es mi encuentro semanal con el misterio de la Pascua, con el "misterio de fe que por vosotros y por muchos se derrama, para el perdón de los pecados". ¡Oh divina Eucaristía, sacramento del Amor: en Ti, Jesús, centro mi vida!
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