Siempre ver los frutos nos suele animar cuando trabajamos en algo. Desalienta sembrar y nunca recoger. Cuando trabajamos con los demás sin ver nada, ¡qué duro es! Y no digamos nada cuando trabajamos con nosotros mismos, en perfeccionarnos. Se tarda mucho en ver los frutos propios. Y los de nuestra siembra en los demás, rara vez los contemplamos. En algunas ocasiones Dios nos los deja entrever. ¡Cómo descorazona cuando tenemos que decir como los Apóstoles: "toda la noche pescando y nada hemos logrado." Pero no nos vamos a desanimar: Cuando una persona, después de una fractura, deber practicar ejercicios de recuperación, las primeras semanas no aprecia ningún fruto de su esfuerzo.
Vamos a conformarnos con la voluntad de Dios sin ver el fruto de nuestra siembra en su Reino. Como Moisés que tuvo que ofrecer a Dios el sacrificio de ver la tierra prometida, sin entrar en ella. Como tantos santos fundadores, preteridos y marginados en su propia obra o en el ambiente eclesial. Pienso ahora en San José de Calasanz.
Cuando Dios nos concede una vida que sobrepasa los cincuenta, si hemos trabajado en nuestra juventud, vemos los frutos en esta edad. Yo recuerdo a Don José María cuando me decía: "Esfuérzate, algún día verás los frutos." Ya han llegado. Y son deleitosos, mucho más que la amargura que suponía el sembrarlos. Y a veces sumergen el alma en gran felicidad y siempre en inalterable paz. Gozo, paz, incluso cierta mansedumbre, tendencia a la bondad de corazón... ¡Qué bueno es Dios que incluso en esta vida nos muestra algunas veces la alegría de servirle!
José María Lorenzo Amelibia
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