Vivir como en los días felices de nuestra conversión

Debemos esforzarnos en revivir los días felices de nuestra conversión. Y sobre todo reforzar los cimientos de aquella circunstancia maravillosa. Con el paso de los años se van dañando estos cimientos a causa de la incuria del tiempo.
Vamos a renovar nuestro afán de santidad y amor de Dios de aquella época. Vamos a formular un propósito serio y eficaz de aumentar algo tal vez olvidado: la mortificación. ¡Eso sí sería una buenísima inyección de cemento a esta espiritualidad nuestra a veces muy blanda y anodina (por lo menos en mi caso)! Y sin olvidar aceptar cada día, en cada hora los sufrimientos del tiempo concreto.
Probablemente en nosotros la conversión no supondrá ya un cambio radical. Voy observando en mí cansancio, ganas de pereza, de no hacer nada. Será consecuencia de la edad. Tal vez te pueda suceder a veces algo parecido. Me parece importante entonces no romper la decisión; no dejarse llevar de la rutina; actualizar la presencia de Dios; ir rompiendo con alguno de los mil apegos de los que somos tan conscientes.
Por otra parte, si nos dejamos llevar de lo fácil, nuestra vida languidece y nos encontramos menos felices.
Y romper esas pequeñas cadenas de hilo cuesta tanto... Es necesario pedir al Señor fuerza cada día. Cuando me analizo a mí mismo me doy cuenta de que la conversión profunda comienza por la fe. Después se hace más profunda cuando Dios nos enamora. Pero la fe es el medio intelectual apto para vivir en Dios. A los principiantes son necesarios razonamientos o imaginaciones.
Después, poco a poco, necesitamos menos de lo sensible y más del amor: "Sé bien de quién me he fiado", le decimos a Jesús cuando el cansancio en forma de hastío y tentación asoma a nuestras almas.
Cuando parece que no podemos más, es cuando tenemos más fuerza y comprobamos que lentamente los apegos e ídolos van desapareciendo en nuestra vida. La fuerza del amor a Dios nos estimula para quitarlos de nuestra conducta.
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