No lo dudes: la oración siempre tiene efecto

A veces vienen dudas sobre la oración. ¿Tendrá alguna fuerza? ¿Cómo voy a poder dudar de la promesa de Cristo? ¿Acaso no dijo "Todo lo que pidierais en mi nombre se os dará"? ¿Es que no existen en la misma naturaleza fuerzas misteriosas?
A lo largo de mi vida estoy comprobando la fuerza de la oración. A veces no consigo lo que pido exactamente. A lo largo del tiempo compruebo que Dios me ha concedido algo que es mejor y más conveniente para su gloria y mi salvación. Durante mucho tiempo tuve como una espina clavada con relación a la oración.
Mucho había rezado a Jesús durante mi carrera y después para que me mantuviera en castidad durante toda la vida. Pero una castidad contenta. Generosa. Sin embargo se me hacía insoportable hasta enfermar. Y hube de dejar el sacerdocio activo. Me casé. Y recobré la calma en mi espíritu. Pero seguía atormentándome la idea de la ineficacia de la oración. Fueron pasando los años. Cada vez sentía más hambre de Dios, de ser bueno, de santidad.
Entonces me di cuenta de que Dios escribe derecho con líneas torcidas. De una manera indirecta me fue trazando el rumbo en la vida. Hoy me parecen providenciales todos los pasos que he dado. Después me preguntaba: ¿De dónde me viene toda esta hambre de Dios? ¿Por qué se fijará tanto Dios en mí? ¿Qué tengo yo que mi amistad procuras? Y no podía dar respuesta a mis interrogaciones.
Un día - no hace mucho - recibí una carta de una monja. En mis días negros de crisis existencial había buscado en un convento de monjas una persona enclaustrada, hermana en la fe, que quisiera ir ofreciendo por mí su oración, para que el Señor me diera la fuerza del sacerdocio. Ella en su carta providencial - no nos conocemos personalmente decía: "Mal he tenido que hacer mi oración, pues usted dejó el sacerdocio".
Y no se dio cuenta de que esta carta fue la luz que abrió del todo mis ojos a la eficacia de la oración. Ojalá haya también abiertos los de ella. ¡Qué bien ha escuchado el Señor la oración mí y la de aquella monja! Ahora me doy cuenta de donde me viene cada vez mayor hambre de Dios, mayor deseo de ser santo.
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