El llano y la cuesta arriba

A curas, frailes, monjas, díaconos, seminaristas, almas consagradas

Algunas veces habrás experimentado en la oración la suavidad, la alegría del amor de Dios. Otras, tu relación con Dios te habrá parecido un poco seca, pero durante el día has permanecido en contacto con el Señor y todo te ha resultado llano, agradable. A mí también me sucede esto con frecuencia.


Dulzura y sequedad, aire en calma y tormenta. Yo me suelo acordar de estas ideas cuando ando en bici. Si el viento sopla a favor, ¡qué delicia!: uno toma bríos y fuerza; se han quitado veinte o treinta años de encima. En cambio, cuando toca subir una cuesta, y encima con aire en contra... A veces hasta he de bajarme de la bicicleta.

En nuestra existencia se van sucediendo el llano, la cuesta arriba, el viento a favor y a veces el huracán. Pero siempre hemos de caminar hacia Dios. Siempre hemos de esforzarnos. ¿Qué más da? La meta es la fusión con Dios Padre. Merece la pena trabajar en esta vida y enseñar a otros lo maravilloso de este esfuerzo.

Yo estoy convencido: un alma en aspiración hacia el Señor, no retrocede jamás. La mirada hacia atrás en la vida ante luchas y dificultades, ha sido siempre por no poner en Dios toda nuestra esperanza.

La gente santa opta por Dios de una manera audaz. Y se lanza por los caminos más cortos. Los años hasta ahora pasados han tenido mucho de camino áspero y duro. Y en el tiempo futuro, van a aumentar en dureza y dificultades. Es natural. La última etapa de la vida de Cristo así fue.

Hemos de seguir adelante. El va a estar mucho más cerca de nosotros para alentarnos. Aunque en ocasiones, cuando nos encontremos en la cruz, no advertiremos su presencia. Tampoco Jesús disfrutó en la cruz la caricia del Padre, sino el abandono. Pero la santidad, la unión íntima con Dios, va a ser nuestra gran y total recompensa.

Lo importante, no desanimarse ante las dificultades, sino luchar, esforzase por salir del del estado de postración. Es propio de héroes levantarse y continuar con decisión.

Por eso la determinación nuestra va a ser: "no moriré sin ser santo". Y aunque me humillen los fracasos, comenzaré con mayor tesón.

Vamos a pedir al Señor tú y yo sentirnos envueltos siempre en este misterio de la caridad de Dios. Si miramos hacia atrás nos damos cuenta cómo nuestro Padre ha andado "siguiéndonos", como enamorado tras su amada. Toda nuestra vida se reduce a esto. Cada vez se ve más claro.

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