Cuando llega la desolación

Meterme en este asunto casi me da apuro en un siglo en que todo parece bueno con tal de quitar el dolor. Y, sin embargo, me parece que todos tenemos derecho a que se nos expongan las cumbres de la vida cristiana. He aquí un caso concreto:


Jesús ha manifestado a sus almas fieles, como lo hizo a Gema Galgani cosas como ésta: "Bajo la cruz no te perderás... Cuántos me habrían abandonado si no los hubiese crucificado..." Nos dan casi miedo estas frases; pero cuánta verdad y cuánta sabiduría contienen. Hemos de convencernos de que la cruz es un don precioso y enormemente apreciado por las almas más delicadas y selectas.
Nuestra realidad cristiana es que para poder merecer contemplar a Cristo glorioso, es necesario antes configurarse con Cristo paciente.

A poco que nos adentremos en la teología mística nos damos cuenta de que por medio de los padecimientos nos hacemos semejantes a Jesús. El desea nuestra alma entera. Por eso nos envía cruces, espinas, para que no nos alejemos de El.

Desolación. Parece que se encoge el alma del espiritual cuando pronuncia esta palabra. Hoy te toca vivirla. Cuando todo parecía que tenía que ser tranquilo, llega una prueba que ya resulta larga. Y normalmente, cuando nos llega algo duro en nuestra vida, también da la impresión de que Dios se aleja. Parece que se oculta. Incluso nos asaltan dudas, tentaciones de fe.
Y sin embargo, es el momento en que Dios se encuentra más
cerca de nosotros. Nos va pasivamente desasiendo de aquello a que teníamos apego.
Me gustaría poder decirte: no te preocupes, dentro de cuatro o cinco días pasará todo. Pero no quiero ni engañarte ni engañarme con palabras fáciles. Prefiero decirte: acepta la cruz, mientras trabajas e intentas evitar el dolor, que es algo natural. Busca la solución, pero con calma y con aquella indiferencia predicada por San Ignacio de Loyola.
José María Lorenzo Amelibia

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