Hay locos y locos

Hoy nos da por decir que Hitler fue un paranoico, y tal vez sea verdad: un loco de atar a quien tan solo se le podía amarrar pegándole cuatro tiros, y ninguno fue capaz de ello, y ha sido tal vez el mayor criminal de todos los tiempos.


Pienso que muchos de los dictadores adolecen de la misma enfermedad, la paranoia. Porque el paranoico es un enfermo especial: muchas veces nadie se da cuenta de su locura; aparece siempre muy cuerdo, pero en su mente hay una idea fija, alucinante, pero sin estridencias bobaliconas, que le anima e impulsa a los mayores sacrificios con tal de que su ego permanezca siempre en el candelero, en primera fila. No se resigna a ser el segundo. Cuanto más fuerza adquiere este pensamiento y mejores sean los medios de que dispone, más alto subirá.

Viendo así las cosas, los paranoicos abundan entre nosotros. Con ellos siempre es preciso manejar el incensario para ser su amigos. Cuando están en el poder, la adulación es el arma única para permanecer en su amistad y conseguir migajas de su omnipotencia.

Se han vuelto locos de egoísmo y autoestima.
Pero hay otros locos a lo divino. Son los santos. No carecen de autoestima, pero la tienen puesta en el Señor y a Él se la agradecen. Su orgullo lo han reducido a la nada; son humildes, sencillos, con sabiduría evangélica. Su estímulo es “que Él crezca y que yo disminuya”. Son personas fuera de lo normal. Sus criterios inversos a los paranoicos de la historia.

¿También están locos los santos? Creo que sí, pero a lo divino; para favorecer a la humanidad, para darnos a entender que aquí estamos de paso y que las comodidades y estima de este mundo es nada con tal de ganar a Cristo, de beneficiar a los hermanos, de hacer este mundo mejor. ¡A mi me gustaría apuntarme a esta clase de locura!



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