Los museos


No me refiero a los museos tradicionales. Ahora mi crítica versa sobre los de arte moderno. También sobre las exposiciones periódicas de obras de arte que a nadie gustan porque no dicen nada y casi siempre están desiertas. Yo suelo acudir a estos antros cuando llueve mucho, y me pilla el chaparrón cerca de uno de estos emporios.

Acostumbro a hacer algún comentario desfavorable a las pacientes azafatas que permanecen horas sin fin, esperando a que alguno de los escasos visitantes les diga algo. Veo que riman conmigo, aunque no se atreven a ponerse a mi favor. A fin de cuentas disfrutan de un trabajo privilegiado, en el que, si el jefe no es un hueso cascarrabias, pueden dedicar mucho tiempo a lecturas entretenidas e incluso a preparar una oposición o estudiar una carrera.

En una ocasión una de estas pacientes chicas me dijo: “Es que estas exposiciones son de élite y para élite”. Me sonreí porque no era para menos. ¡Encima de no servir para nada estas chapuzas, nos quieren hacer creer que quines despreciamos tal basura, somos del vulgo, de los torpes, plebeyos, indignos de codearnos con esos elitistas de pacotilla, muchos de los cuales disfrutan de las pingües ganancias del timo.

Ante todo he de afirmar que en ocasiones he visto algo bueno, digno de ser tenido en cuenta en estos museos de arte moderno e incluso en esas exposiciones peregrinas que casi nadie visita. No sería honesto generalizar y afirmar que todo es chapuza.

Tuve el honor en una ocasión de conversar con uno de estos privilegiados elitistas y le rogué me explicara un poco el misterio de estos bodrios. Él comenzó diciendo: “Por supuesto que en estos museos suelen darnos muy a menudo gato por liebre, pero hay obras buenísimas. Yo enseguida las distingo”. Y me explicó con cierto detalle lo de las “cocinas”; o sea, las capas sucesivas que el artista va dando con pintura en verdadera amalgama de colores y pinturas. ¡Poco ilustró aquel príncipe de los genios mi exigua credibilidad!

Por cierto, en una ocasión visité en Figueras el famoso museo de Dalí. Admiré la maravilla y variedad artística de aquel genio de la pintura. Y pude observar del mismo modo, una serie de chapuzas y tomaduras de pelo del mismo artista, que gustaba con frecuencia de alardear de excentricidades. Es un ejemplo de los timos que nos están metiendo en el arte: junto a lo bueno, la basura, la burla, el timo.

Un amigo mío, muy querido, era director de una famosa fundación española de arte y cultura. Me llevó a una habitación que sólo la mostraba a personas de confianza. Allí me enseñó unos libros curiosos y carísimos. Me dijo: “Fíjate en estos mamotretos. Los envían a todas las bibliotecas y fundaciones mundiales de prestigio. Son obras en conjunto de Cela y Dalí. Yo no les concedo ningún valor en cuestión artística ni cultural, pero como los autores son de fama, jamás dejaría de adquirirlas. Ahí están.”

Mi recelo ante el arte moderno quedó entonces confirmado e ilustrado. Pero hay más. Alguien me aseguró que estas chapuzas dan singulares beneficios a ciertos políticos y gerentes sin mayor escrúpulo… e incluso a periodistas que hacen propaganda. ¡Ya salió el porqué de los elitistas, sabihondos, y mercachifles de estos productos! ¡Oh... la moralidad social! Pero en este terreno veo casi imposible que puedan hacer algo los tribunales de justicia. Al fin y al cabo, ¿quién se atrevería a censurar a tamaños elitistas?



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