Un sacerdote que no debe ser olvidado

Me ha hecho mucho bien Don Félix Beltrán. Es un sacerdote enamorado de Dios que falleció el año 99. Se ve en su predicación y en los libros que escribe. No he estado con él personalmente más que en una ocasión, pero creo que en su vida se tiene también que notar.


Me enardece cuando habla de estar enamorados de Dios los sacerdotes. Llego a comprender el celibato tan sólo en esta tesitura del enamoramiento de Dios. No en aquello que nos decían para poder tener una dedicación plena a la causa del Evangelio. Para el enamorado de Dios, Jesús es el sol de justicia que sobrepasa todas las bellezas de la tierra. Y de tal manera arrebata los corazones que nada es capaz - ni nadie- de separarlos de su amor. Y podrán decir lo mismo que San Pablo: estoy persuadido que ni la muerte ni la vida, ni ninguna otra criatura podrán separarnos del amor de Dios. "

Hemos de arrojarnos a los pies de Jesús y pedirle este don del enamoramiento. Para ello no hay edades. Es fruto de una fe fuerte y de tratar mucho con El en la oración. El que está así conquista reinos como lo hizo Javier, Loyola, Nieto y otros Santos. Ellos lograron reforzar su vigor sobrenatural por su adhesión completa a Jesucristo. La cuestión es enamorarse del todo de Dios. A eso hemos de tender. Y eso se logra por su gracia, que la da siempre a quienes le dedican horas de oración personal. Es fundamental dedicarle un tiempo. ¿Media hora? ¿Una, dos? Lo importante es empezar y luego ir poco a poco aumentando.

Después, el corazón enamorado ama los mandamientos; cuanto más difícil se le ponga, mejor; así más podrá mostrar su amor. La misma fe, si se le presenta oscura, mejor. Lo agradece al Señor porque le demuestra mayor confianza. Por lo menos vamos a pedir a Dios deseos de este enamoramiento, que es el primer paso para lograrlo.

¡Qué pobres somos, queremos enamorarnos más de Dios y no lo conseguimos! A ver si procuramos que nuestro corazón esté siempre libre para amar a Dios. Convencernos: enriquecernos de las cosas creadas, sean las que sean, es empobrecernos de Dios. Al menos por regla general.
Si nos atraen y perdemos mucho tiempo con revistas, televisión, periódicos y charlas inútiles, difícilmente lo encontraremos para Dios.

Y no digamos nada si nuestro deseo es movernos, viajar, andar de una lado para otro. Incluso con las cosas más honestas, pero poseídas sin desprendimiento interior, resultará difícil la unión con Dios.

José María Lorenzo Amelibia

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