Cielo ¿Una ficción sin fundamento?
Para muchos, el cielo o vida eterna no pasa de ser una ficción, un cuento piadoso o un consuelo alienante. Para el cristiano, la vida eterna es uno de los misterios del Credo, la respuesta coherente de quien cree y espera en Cristo Salvador que abrió las puertas del más allá. El seguidor de Jesús acepta gozoso la vida posterior a la muerte como una clave imprescindible de las Bienaventuranzas. En definitiva, el que es como otro Cristo en la tierra, gozará de su compañía en el cielo.
Es uno de los misterios del Credo.
La primera razón es muy sencilla: la vida eterna o cielo es una de las verdades más importantes de la Buena Nueva de Jesús con la que finaliza la profesión de fe: creo en la vida eterna. O bien, espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Creemos en el cielo por Jesús y porque es parte del mensaje fundamental que él confirmó con su Resurrección. Sin Jesús no es posible ni la fe en el cielo ni la confianza en llegar a la meta final. He ahí por qué este dogma integró la doctrina que difundieron los Apóstoles, los Santos Padres y el Magisterio de la Iglesia.
La fe y la esperanza en la persona de Cristo Salvador.
Ampliamos la primera razón con la aceptación de la historia y misterios de Jesucristo, el Verbo encarnado, hombre y Dios, que vivió en la tierra, reveló la verdad del cielo, prometió el paraíso, murió, resucitó, se apareció a los apóstoles y subió a los cielos. Cristo es el Salvador y el cielo, en definitiva, es la salvación para los que aceptan y siguen a Jesús.
Así mismo, el bautizado pone su esperanza en Cristo Redentor que consiguió para nosotros la vida divina (la gracia) y abrió la puerta para la vida eterna. La gracia como vida divina es una participación del mismo ser de Dios.
La vida de Cristo es un anticipo de lo que será el cielo.
El creyente que profundiza en la vida de Cristo comprueba que con sus enseñanzas, milagros y con la institución de la Eucaristía adelantó aspectos que tendrán plena realización en el cielo. Cuando Jesús predica la Buena nueva, cura a los enfermos, comparte la alegría de la mesa o de una boda, da de comer a los hambrientos, pacifica a los atribulados e instituye el alimento eucarístico, Jesús anticipa lo que será la vida eterna: situación sin dolor, vivencia plena de paz y amor.
La vida de Jesucristo está orientada al mayor bien para el hombre y a la mayor gloria para Dios. En la Eucaristía como banquete podemos contemplar la alegría de los que se reunirán con Cristo en la vida eterna. La actitud personal del buen Pastor es de acogida a quienes están agobiados por cualquier clase de mal físico o espiritual; el saludo de paz que Jesús daba y deseaba a todos, resume el deseo de todo bien y la exclusión del mal. Más aún, las críticas y condenas que el Maestro profirió están dirigidas contra los que cometen injusticias, mentiras y toda clase de males que obstaculizan la felicidad del prójimo.
La Redención de Cristo abrió las puertas del cielo.
Toda la vida de Cristo converge en el centro redentor. La pasión, muerte y resurrección del Salvador tienen como objetivos redimir a la humanidad del mal moral, el pecado; animar al hombre ante el dolor y la muerte con la esperanza del más allá de la vida humana y compartir el sufrimiento humano dándole un valor para después de la muerte.
La resurrección, las apariciones y la ascensión a los cielos del Salvador fundamentaron la esperanza de quienes fueron fieles en el dolor, combatieron el mal y esperaron encontrarse con Cristo en la vida eterna. De manera extraordinaria, el Cristo Redentor abrió las puertas para que entrara el buen ladrón: “acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino». Jesús le responde: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23, 42. 43). Negar o cuestionar el cielo es mutilar gravemente el mensaje y la obra de Cristo.
El cielo es una clave imprescindible de las Bienaventuranzas.
Cristo habló sobre el cielo como presente en el Reino de Dios y proclamó las bienaventuranzas que fundamentan la doble fase, temporal y escatológica, de la existencia humana y que motivan la esperanza que animó la vida de tantos pobres, enfermos, humillados, perseguidos, etc.
Para Jesús, las actitudes de pobreza, mansedumbre, sed de justicia, misericordia, limpieza de corazón, de paz, y las situaciones de dolor, persecución e injuria, tienen una contrapartida de felicidad o bienaventuranza. ¿Por qué razón? Por la existencia del Reino de los cielos en su dimensión escatológica. Allí el bienaventurado conseguirá el consuelo, la paz, la misericordia divina, la visión de Dios, y la posesión del cielo como tierra prometida. Es Jesús quien revoluciona los valores porque ante situaciones poco apreciadas en el mundo (dolor, pobreza, humillación...), ofrece una esperanza escatológica: “alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos” (Mt 5,3-12).
El cristiano es como “otro Cristo”
El bautizado se compromete a seguir al Maestro en la santidad de vida y en la propagación de la fe; quien ha muerto con el Redentor al pecado, con Él resucitará a la vida eterna prometida. Y más que “premio a la buena conducta”, el cielo es la plenitud del ser y del vivir en Cristo después de la muerte. La esperanza cristiana motiva fuertemente porque quien ha vivido en Cristo en la tierra, resucitado, seguirá vivendo en y con su Salvador en el cielo; quien ha compartido aquí la suerte del Hijo de Dios, en la bienaventuranza le acompañará ante el Padre.
Es uno de los misterios del Credo.
La primera razón es muy sencilla: la vida eterna o cielo es una de las verdades más importantes de la Buena Nueva de Jesús con la que finaliza la profesión de fe: creo en la vida eterna. O bien, espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Creemos en el cielo por Jesús y porque es parte del mensaje fundamental que él confirmó con su Resurrección. Sin Jesús no es posible ni la fe en el cielo ni la confianza en llegar a la meta final. He ahí por qué este dogma integró la doctrina que difundieron los Apóstoles, los Santos Padres y el Magisterio de la Iglesia.
La fe y la esperanza en la persona de Cristo Salvador.
Ampliamos la primera razón con la aceptación de la historia y misterios de Jesucristo, el Verbo encarnado, hombre y Dios, que vivió en la tierra, reveló la verdad del cielo, prometió el paraíso, murió, resucitó, se apareció a los apóstoles y subió a los cielos. Cristo es el Salvador y el cielo, en definitiva, es la salvación para los que aceptan y siguen a Jesús.
Así mismo, el bautizado pone su esperanza en Cristo Redentor que consiguió para nosotros la vida divina (la gracia) y abrió la puerta para la vida eterna. La gracia como vida divina es una participación del mismo ser de Dios.
La vida de Cristo es un anticipo de lo que será el cielo.
El creyente que profundiza en la vida de Cristo comprueba que con sus enseñanzas, milagros y con la institución de la Eucaristía adelantó aspectos que tendrán plena realización en el cielo. Cuando Jesús predica la Buena nueva, cura a los enfermos, comparte la alegría de la mesa o de una boda, da de comer a los hambrientos, pacifica a los atribulados e instituye el alimento eucarístico, Jesús anticipa lo que será la vida eterna: situación sin dolor, vivencia plena de paz y amor.
La vida de Jesucristo está orientada al mayor bien para el hombre y a la mayor gloria para Dios. En la Eucaristía como banquete podemos contemplar la alegría de los que se reunirán con Cristo en la vida eterna. La actitud personal del buen Pastor es de acogida a quienes están agobiados por cualquier clase de mal físico o espiritual; el saludo de paz que Jesús daba y deseaba a todos, resume el deseo de todo bien y la exclusión del mal. Más aún, las críticas y condenas que el Maestro profirió están dirigidas contra los que cometen injusticias, mentiras y toda clase de males que obstaculizan la felicidad del prójimo.
La Redención de Cristo abrió las puertas del cielo.
Toda la vida de Cristo converge en el centro redentor. La pasión, muerte y resurrección del Salvador tienen como objetivos redimir a la humanidad del mal moral, el pecado; animar al hombre ante el dolor y la muerte con la esperanza del más allá de la vida humana y compartir el sufrimiento humano dándole un valor para después de la muerte.
La resurrección, las apariciones y la ascensión a los cielos del Salvador fundamentaron la esperanza de quienes fueron fieles en el dolor, combatieron el mal y esperaron encontrarse con Cristo en la vida eterna. De manera extraordinaria, el Cristo Redentor abrió las puertas para que entrara el buen ladrón: “acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino». Jesús le responde: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23, 42. 43). Negar o cuestionar el cielo es mutilar gravemente el mensaje y la obra de Cristo.
El cielo es una clave imprescindible de las Bienaventuranzas.
Cristo habló sobre el cielo como presente en el Reino de Dios y proclamó las bienaventuranzas que fundamentan la doble fase, temporal y escatológica, de la existencia humana y que motivan la esperanza que animó la vida de tantos pobres, enfermos, humillados, perseguidos, etc.
Para Jesús, las actitudes de pobreza, mansedumbre, sed de justicia, misericordia, limpieza de corazón, de paz, y las situaciones de dolor, persecución e injuria, tienen una contrapartida de felicidad o bienaventuranza. ¿Por qué razón? Por la existencia del Reino de los cielos en su dimensión escatológica. Allí el bienaventurado conseguirá el consuelo, la paz, la misericordia divina, la visión de Dios, y la posesión del cielo como tierra prometida. Es Jesús quien revoluciona los valores porque ante situaciones poco apreciadas en el mundo (dolor, pobreza, humillación...), ofrece una esperanza escatológica: “alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos” (Mt 5,3-12).
El cristiano es como “otro Cristo”
El bautizado se compromete a seguir al Maestro en la santidad de vida y en la propagación de la fe; quien ha muerto con el Redentor al pecado, con Él resucitará a la vida eterna prometida. Y más que “premio a la buena conducta”, el cielo es la plenitud del ser y del vivir en Cristo después de la muerte. La esperanza cristiana motiva fuertemente porque quien ha vivido en Cristo en la tierra, resucitado, seguirá vivendo en y con su Salvador en el cielo; quien ha compartido aquí la suerte del Hijo de Dios, en la bienaventuranza le acompañará ante el Padre.